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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 495

Las miradas de los dos hombres se cruzaron de repente, manteniéndose fijas durante un largo rato. Ninguno estaba dispuesto a ceder primero.

Unos ojos negros, profundos y serenos, no dejaban traslucir ninguna emoción. Mientras tanto, los ojos castaños, atravesados por un leve destello azul, mantenían la misma calma, sin mostrar la menor intención de perder terreno.

Ambos hombres, tan atractivos que resultaban imposibles de ignorar, se mantenían de pie en plena calle, atrayendo inevitablemente la atención de los transeúntes.

Gisela, situada justo en medio de los dos, bajó la mirada hacia Luis, el chofer, que se encontraba ocupado revisando el carro. No se dio cuenta de la chispa que parecía saltar entre los dos hombres que tenía a su lado.

Solo el asistente de Nelson pareció notar la tensión en el aire. Contuvo la respiración y ni siquiera se atrevió a moverse, como si cualquier sonido pudiera desencadenar una tormenta.

De repente, la risa suave de Xavier resonó cerca de su oído. Gisela, ya de por sí molesta por el carro averiado, se sintió aún más fastidiada por la presencia inesperada de Nelson, que había llegado a buscarla sin previo aviso y con ganas de platicar. Exasperada, murmuró:

—¿Y tú de qué te ríes?

Sintió de pronto el calor de alguien muy cerca. Gisela giró los ojos y se encontró a Xavier, que se le había pegado a una distancia casi íntima, inclinándose lo suficiente para susurrarle al oído, con una risita juguetona:

—Este debe ser el señor Nelson, ¿verdad?

Gisela lo miró de reojo, con gesto extraño:

—Claro que sí.

Le sorprendía que Xavier se hiciera el desentendido, cuando ella sabía perfectamente que él ya lo tenía bien identificado desde hacía tiempo.

Con una sonrisa despreocupada y los ojos llenos de una picardía apenas disfrazada, Xavier se dirigió a Nelson:

—Señor Nelson, mire que ya se me olvidaba presentarme, soy Xavier, amigo de Gisela.

—Nelson —respondió él, corto y seco.

En ese momento, Gisela seguía concentrada tratando de descubrir por qué el carro se negaba a arrancar, cuando de pronto sintió un brazo colándose por su hombro.

Xavier, sin el menor pudor, se acercó más aún:

—Gisela, aquí sí te pasaste.

Ella se llevó la mano a la frente, cansada:

—¿Ahora qué traes tú?

Xavier soltó un chasquido de desaprobación:

—Tú y yo somos muy cercanos, pero por lo menos deberías darme mi lugar cuando estamos afuera.

Gisela rodó los ojos, fastidiada:

—Está bien, te doy tu lugar. Pero dime, ¿qué hice mal ahora?

Nelson observaba en silencio la escena, sin que se reflejara emoción alguna en su mirada ni en su expresión, como si ni siquiera conociera a Gisela y Xavier.

—Señor Nelson, de veras que lo siento, se me pasó recordarle a Gisela ese detalle. Pero le prometo que el día de su aniversario con la señora Tovar, el regalo llegará sin falta.

Gisela reconoció que había sido un descuido de su parte.

—Es cierto, fue mi error. Pronto les haré llegar el regalo, señor Nelson.

Xavier asintió y le dio un par de palmadas en el hombro:

—Eso, así sí.

Mientras decía esto, Xavier se cruzó de mirada con Nelson, esta vez sin apartar la vista.

Nelson alzó la barbilla, posando los ojos en el brazo de Xavier que todavía rodeaba a Gisela, y replicó con un tono distante:

—No hace falta.

Xavier, rápido para captar la indirecta, afianzó aún más su abrazo sobre los hombros de Gisela, respondiendo con una sonrisa amplia:

—¿Cómo que no? Gisela y yo siempre hemos escuchado que usted adora a su esposa, que el cariño entre ustedes es enorme. De verdad, lo admiramos mucho. Y como esta vez Gisela necesitó de su ayuda, no podemos dejar pasar la oportunidad de reconocer también a la señora Tovar.

Gisela lo miró de reojo, intrigada.

En cinco años, Xavier jamás había hablado tan en serio. Siempre que decía algo con formalidad, era para lanzar indirectas con ese humor ácido tan suyo. Su hostilidad hacia Nelson era tan notoria, que resultaba raro verlo así.

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