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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 499

La maleta de Gisela estaba en manos de Xavier. Ella, con las manos vacías y voz tranquila, dijo:

—Entonces, te encargo que le avises al señor Nelson. Tengo unos pendientes que resolver, así que en la noche iré a la mansión Tovar para la celebración de aniversario del señor y la señora Tovar. En ese momento, les entregaré el regalo.

El asistente se mostró incómodo.

—Señorita Gisela, el señor Nelson me pidió expresamente que la llevara hoy mismo a la mansión Tovar. De hecho, él espera que se quede ahí estos días; ya le prepararon una habitación. ¿No quisiera reconsiderarlo…?

Antes de que Gisela pudiera responder, Xavier se acercó y, usando la mano libre, la rodeó por los hombros con naturalidad. Sonrió:

—No queda más que disculparnos. De verdad tenemos asuntos urgentes que atender. El señor Nelson es generoso, seguro no se molestará con nosotros.

El asistente titubeó, sin saber cómo insistir.

—Esto…

Xavier apretó suavemente el hombro de Gisela.

—Vámonos, ¿qué esperamos?

Gisela asintió apenas, y, tomada por Xavier, se alejaron rumbo a la salida del aeropuerto.

...

En la salida de la zona VIP del aeropuerto, un carro negro esperaba con las ventanas apenas abiertas. Unos ojos oscuros y alargados observaban en silencio a la pareja más llamativa del lugar. El rostro de facciones marcadas del hombre se perdía entre las sombras del interior del carro.

El asistente llegó caminando desde el otro extremo del aeropuerto.

—Señor Nelson, la señorita Gisela dice que tiene unos pendientes y que solo podrá venir en la noche.

La voz de Nelson sonó cortante:

—Entendido.

El asistente soltó un suspiro discreto y se acomodó al volante. Observó a Nelson por el retrovisor, buscando cualquier señal de disgusto.

Por suerte, parecía tranquilo.

Sin embargo, la ventanilla seguía abierta y Nelson no apartaba la mirada de la pareja que se alejaba.

¿Nelson había venido en persona a recibir a Gisela? ¿Y ella lo había rechazado? Aquello era insólito.

El asistente se secó el sudor de la frente y preguntó en voz baja:

—¿Nos retiramos entonces, señor Nelson?

A lo lejos, la pareja subió a su carro. Nelson bajó la mirada, por fin apartando la vista.

—Vámonos.

—Thiago no quiere irse, sigue adentro. Vamos a esperarlo juntos, ¿tienes algo pendiente que debas atender?

Nelson negó con la cabeza. Se dejó guiar por Romina hacia el interior del centro comercial.

—No, nada pendiente.

Romina sonrió aún más, pegándose un poco más a Nelson.

—Qué bueno. No tienes idea, Nelson, Thiago ya está grande y hace lo que quiere. No me hace caso, le digo que nos vayamos y nada, termina todo sudado y la ropa hecha un desastre.

Su voz denotaba familiaridad y confianza.

—Ya no escucha a nadie, solo te hace caso a ti. Eres su papá, así que ahora te toca hablarle en serio. Si sigue así, yo ya no puedo con él.

Romina hablaba entre risas, mirando a Nelson con complicidad.

Nelson apenas dejó ver una media sonrisa.

—Está bien.

Bastaba con que hablaran de su único hijo, Thiago Tovar, para que la actitud de Nelson cambiara. Desaparecía esa imagen implacable que tenía en los negocios y, por un instante, parecía cualquier padre de familia.

Romina disfrutaba esos momentos; en su mirada y en su sonrisa se reflejaba la felicidad del instante.

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