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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 50

En el otro extremo, Baltasar observaba los mensajes en su celular, y una sonrisa de satisfacción se le dibujó en el rostro.

Uno de sus amigos le dio un codazo en el hombro.

—¿Qué onda, va a venir o no?

—Claro que viene. Yo la invité, ¿crees que se atrevería a no venir?

Mientras hablaba, Baltasar no podía ocultar el aire presumido que le brotaba por los poros.

—Y eso que ustedes nunca vieron lo pegada que estaba a mí antes. Siempre era “hermano” por aquí, “hermano” por allá. Es tan ingenua, ¿cómo no va a hacerme caso?

Su amigo soltó una carcajada.

—Pues ya está, entonces hay que prepararnos bien. Hoy sí vas a desquitarte.

Baltasar asintió.

—Dale, vayan.

Cuando sus amigos se alejaron, Baltasar volvió a mirar el celular. Nadie lo notó, pero soltó un suspiro de alivio.

Sus amigos no se daban cuenta, pero él sí.

Gisela había cambiado. Era otra persona, completamente distinta.

Antes, Gisela era callada, obediente. Él decía algo y ella solo asentía, sin atreverse a replicar. Incluso lo miraba con una mezcla de admiración y miedo, como si de verdad creyera que era su hermano.

Durante mucho tiempo, él nunca le dio demasiada importancia a esa “hermana” de rebote. Solo verla tan sumisa le daban ganas de molestarla, y le parecía divertido cómo se emocionaba por cualquier muestra de afecto suya.

La veía como un entretenimiento pasajero, nada más.

Pero esta vez, desde que volvió, notó al instante que Gisela ya no era la misma. En sus ojos ya no había admiración, sino una terquedad desafiante a punto de estallar.

Eso lo ponía nervioso.

En esta ocasión, cuando regresó, le gritó y le habló con dureza. Sí, en parte era por defender a Romina y Eliana, pero también porque, en el fondo, deseaba que Gisela volviera a comportarse como antes: sumisa, siguiendo sus órdenes, llamándolo “hermano” a cada paso.

Jamás se imaginó que Gisela se atrevería a plantarle cara, ni siquiera después de hablarle así de fuerte. Ella simplemente levantó la cabeza, terca, sin rendirse.

Llevaba días con esa inquietud en el pecho.

Hoy le mandó unos mensajes para probarla, y Gisela aceptó sin más, bajando la cabeza y viniendo a verlo.

Por fin sentía que podía respirar tranquilo.

Gisela seguía siendo la misma de antes. Eso lo tranquilizaba.

Pero eso no significaba que se le hubiera pasado el enojo.

Tenía que darle una lección.

Dejó el celular y tomó el vestido de gala color rosa pálido que había dejado a un lado.

Ese vestido lo había elegido con toda la intención: era de escote recto y, con solo tirar de la cinta en la espalda, se aflojaba y caía al suelo en un instante.

Ese era el regalo que había seleccionado especialmente para Gisela, como su “ofrenda de disculpa”.

Después de esta noche, pensaba, todo volvería a la normalidad. Ella seguiría siendo su “hermana” y él la aceptaría de nuevo.

Mientras pensaba en eso, llamaron a la puerta del salón privado.

—Toc, toc, toc—

El golpe era suave y pausado. Los ojos de Baltasar brillaron.

—Es Gisela, vayan a abrir.

Los demás en la sala lo miraron con desconfianza.

—Con tantos amigos afuera, ¿cómo sabes que es Gisela?

Baltasar bajó la cabeza.

—Solo que...

—Ya estuvo —lo interrumpió el otro con fastidio—. ¿Se te olvidó lo que Gisela le hizo a tu hermana y a Romina en el hospital? Una mujer así no merece que la defiendas. No te vayas a poner sentimental.

En los ojos de Baltasar cruzó una chispa de duda, pero pronto desapareció.

Era cierto. No podía olvidar cómo Gisela había golpeado a Romina y a Eliana en el hospital.

Aunque fuera su hermana, no tenía derecho a tocar a Romina.

Romina era la mujer que llevaba años guardando en el corazón. Aunque ella prefiriera a Nelson, él la quería igual: en silencio, protegiéndola de lejos.

¿Cómo se atrevía Gisela a ponerle una mano encima?

Con ese pensamiento, Baltasar se acomodó en el sofá y esperó.

Solo esperaba que, después de esta noche, Gisela entendiera su error y cambiara su mal carácter.

Si Gisela se arrepentía, él podría hablar bien de ella ante su abuelo y dejar que volviera a la mansión Tovar.

...

Gisela se cambió el vestido y una mesera del Éxtasis Nocturno la condujo hasta el último piso.

Ahí la música rugía, las luces de neón bailaban, y gente de todo tipo reía y platicaba entre tragos.

Cuando ella apareció en el último piso, el bullicio se apagó de golpe.

Uno de los amigos de Baltasar lo empujó para avisarle que Gisela había llegado.

Baltasar levantó la vista.

En ese instante, se quedó completamente pasmado.

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