Gisela no podía ocultar el fastidio en su rostro.
Xavier, terco y decidido, bloqueaba la puerta de la habitación del hotel como si su vida dependiera de ello. Su postura lo decía todo: “Si tú no me dejas ir contigo, entonces yo tampoco te dejo salir.”
Gisela, sin inmutarse, le lanzó una mirada fulminante, como si intentara intimidarlo solo con los ojos.
La expresión de Xavier se tornó cada vez más seria. Finalmente, lanzó su último ataque:
—Gisela, sé razonable. Reservamos dos habitaciones, pero desde que llegamos al hotel, ¿quién ha acomodado tu maleta? ¡Yo! Y desde que entraste, ¿quién se ha sentado en la cama jugando con el celular? ¡Tú! No puedes tratarme así, me siento herido…
Los reproches de Xavier lograron que Gisela, a pesar de su firmeza, mostrara cierta incomodidad en su mirada.
Xavier sabía muy bien que después de un regaño venía una caricia. Así que suavizó el tono y agregó:
—Además, ¿tan mala compañía soy yo? Anda, Gisela, llévame contigo.
Al final, Xavier salió ganando y fue con Gisela a encontrarse con sus viejos amigos.
Ambos siguieron al mesero por el restaurante. Xavier, en voz baja y cerca del oído de Gisela, preguntó:
—¿A quién vas a ver? ¿Es hombre o mujer?
Xavier estaba atento, no solo por Nelson, sino por cualquier hombre que rondara cerca de Gisela.
Por dentro, pensaba que ojalá no fuera un ex novio o algún amor del pasado, porque ahí sí iba a armar un escándalo.
Mientras preguntaba, Xavier aprovechó el reflejo en la ventana del restaurante para observar su peinado y su atuendo.
No estaba nada mal: su cabello perfectamente peinado en un corte con raya al medio, resaltando sus cejas marcadas; un traje gris oscuro, bien ajustado y de tela fina, acompañado de una corbata color vino. Cada detalle en su lugar, suficiente para dejar ciego a cualquier rival.
Xavier iba tan orgulloso, que caminó junto a Gisela con el pecho en alto.
Mientras Gisela buscaba a su amiga con la mirada, respondió:
—Es una mujer, mi maestra. Así que, por favor, compórtate y nada de comentarios fuera de lugar.
Al decirlo, su mirada se fijó en el fondo del restaurante. De inmediato, le dijo al mesero:
La voz de Gisela fue tan tenue que se perdió bajo la otra, así que la profesora Sara Castro giró la cabeza hacia otro lado, sin notar siquiera a Gisela.
Gisela se quedó pasmada por un instante, pero luego siguió con la mirada la dirección de Sara, hasta posarla en una familia de tres sentada en la esquina opuesta.
Un hombre y una mujer, ambos de porte elegante y atractivos, estaban de pie junto a un pequeño niño de aspecto encantador y bien vestido. La imagen de los tres juntos era tan llamativa que, cuando Romina pronunció ese nombre, casi todos los presentes en el restaurante voltearon a verlos, con sorpresa y admiración en la mirada.
Romina.
Gisela repitió ese nombre en silencio.
Su vista descendió lentamente hasta posarse en el rostro del pequeño que estaba entre Nelson y Romina.
Sus pupilas se contrajeron y su corazón casi se detuvo. Sintió cómo la sangre le subía y bajaba, y su cuerpo se enfriaba poco a poco.
Gisela siempre pensó, y estaba segura, de que no importaba cuántos años pasaran, jamás podría olvidar el rostro del hijo de Romina, Thiago. La imagen de Thiago estaba tan grabada en sus huesos que resultaba imposible de borrar, imposible de desaparecer.
El niño tenía los mismos ojos y cejas de Romina, y la boca, nariz y frente idénticas a las de Nelson cuando era pequeño. Ese pequeño había heredado las mejores facciones de sus padres. Era tan encantador y bien educado que, estando sus padres o cualquier adulto cerca, se comportaba como todo un caballerito.

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