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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 510

Gisela escuchó la pregunta y soltó una leve risa.

—¿Así que todo el camino estuviste callado porque estabas pensando en esto?

Por un instante, Xavier mostró algo de incomodidad en los ojos, su expresión se volvió seria y bajó la voz, acercándose más a ella.

—La otra vez, cuando Delia Jiménez me insistió que te acompañara, algo se me hizo raro. Anda, cuéntame.

Gisela giró la muñeca y retiró su brazo de las manos de Xavier.

—No hay nada que contar.

Xavier frunció el ceño de inmediato.

—¿No quieres que lo sepa?

Ella desvió la mirada hacia otro lado, con voz serena.

—No es que no quiera decírtelo, es que no tienes por qué saberlo. Esto es asunto mío.

Dicho eso, Gisela se volteó, dándole la espalda a Xavier.

Detrás, él guardó silencio un buen rato, sin decir palabra.

Gisela repasó mentalmente lo que acababa de decir. Recién entonces notó que sus palabras habían sonado algo duras, y que para Xavier debió ser incómodo escuchar eso. Justo cuando estaba por explicarse, Xavier se le adelantó.

—Pero yo sí quiero saberlo.

Ella se giró para mirarlo de frente.

—Si yo hubiera estado bien en la familia Tovar, no habría tenido que regresar sola y a la carrera a Ciudad de los Vientos. Lo demás, prefiero no decirlo.

De pronto, Xavier levantó las manos, tomando sus hombros y apretándolos suavemente.

—Ya entendí.

Era pleno verano, el calor apretaba. Gisela llevaba un suéter ajustado de punto color caqui, con escote al hombro, y unos pantalones de mezclilla acampanados. El cabello lo tenía recogido hacia atrás, dejando ver sus facciones finas y atractivas, con las puntas ligeramente onduladas, dándole un aire decidido, pero muy relajado.

El diseño del suéter dejaba al descubierto la línea de sus hombros y cuello, resaltando su piel clara. Las manos de Xavier, grandes y cálidas, quedaron pegadas a su piel. Ese contacto la distrajo un segundo, perdiéndose en el momento.

Gisela volvió en sí y chasqueó la lengua.

—¿Qué es lo que entiendes? Mejor apúrate y elige el regalo, por favor.

La mansión Tovar quedaba en el centro de la ciudad, a pocos minutos del hotel en el que estaban hospedados. Diez minutos después, ya estaban estacionados frente a la entrada.

Gisela, sentada en el carro, se quedó mirando las luces que salían de la mansión Tovar a lo lejos, un poco abstraída.

La mansión seguía igual que antes, solo que ahora las paredes estaban cubiertas de enredaderas y, en el jardín, aquel árbol—cuyo nombre nunca supo—se veía todavía más grande. Desde lejos, pudo ver que debajo de ese árbol había un columpio que no recordaba, moviéndose suavemente en el aire.

Llevaba más de cinco años sin volver a la mansión Tovar. Al verla otra vez, todos esos recuerdos que había guardado tan hondo en el corazón se despertaron de golpe. Sentía que le daban vueltas en la cabeza, repitiéndose una y otra vez, sin dejarla en paz.

Los días dulces y felices, los momentos distorsionados y confusos, incluso las veces en que se sintió pequeña y sin fuerzas, todos esos recuerdos se le apretaron en el pecho, como si hubieran pasado apenas ayer. Sintió un nudo en la garganta.

—Gisela.

La voz de Xavier la sacó de su ensimismamiento.

Gisela cerró los ojos un instante, tragándose ese revoltijo de emociones. Cuando los abrió, contestó con calma:

—¿Qué pasa?

Seguía mirando por la ventana, y de reojo, notó una sombra acercándose...

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