Era la cabeza de Xavier.
La distancia entre los dos se sintió demasiado corta, casi incómoda.
Gisela se echó ligeramente hacia atrás.
—¿Qué te pasa? —preguntó, frunciendo levemente el ceño.
Durante el día, los ojos de Xavier parecían de un color café oscuro, pero al caer la noche, Gisela podía ver destellos azulados en su mirada. Había algo enigmático en él bajo la luz tenue.
De pronto, Xavier le sonrió.
Gisela parpadeó, sorprendida.
Durante estos cinco años, no solo ella había cambiado: Xavier también. Sus rasgos se habían vuelto todavía más marcados y expresivos. Era impactante verlo de cerca. Con su estatura, su cuerpo atlético y esa presencia magnética, podría haber desfilado perfectamente como el modelo más famoso del mundo.
No solo podía conquistar las pasarelas; seguramente tenía a muchas mujeres adineradas dispuestas a consentirlo con todo tipo de lujos.
Por un momento, a Gisela le cruzó una idea traviesa: si Xavier de verdad fuera modelo, ella tendría el dinero suficiente para ser su patrocinadora.
Si Xavier alguna vez buscaba a alguien que lo mantuviera, no pensaba dejar que otra persona se lo llevara. Si eso sucedía, él tendría que hacer todo lo que ella le pidiera.
—Gisela, ¿en qué estás pensando?
El llamado de Xavier la sacó de golpe de su ensueño. Se quedó mirando sus ojos, tardando unos segundos en recordar lo que estaba imaginando hacía un momento.
Tenía a su “fantasía” delante de ella, y de repente se sintió un poco incómoda.
Además, Xavier la miraba con una seriedad y un tono tan firme, que no dejaba espacio para las bromas.
—No pienso nada raro. ¿Por qué te acercas tanto? —respondió, intentando sonar indiferente.
Xavier la observó en silencio por un momento antes de hablar.
—No sé, siento que estabas pensando en algo poco decente —comentó, con una media sonrisa.
Gisela se mantuvo impasible.
—Te lo imaginas —reviró, intentando sonar tranquila.
Pero Xavier se inclinó un poco más, con los ojos fijos en ella.
Gisela tragó saliva y se apartó aún más, pegándose contra el respaldo.
No podía evitar sentirse un poco culpable. Al final, sí lo había imaginado todo en su cabeza: ser su patrocinadora, tenerlo a su merced...
Como afuera de la mansión las luces eran escasas y el ambiente estaba un poco oscuro, los presentes no lograron distinguir los rostros de los recién llegados de inmediato.
Desde lejos, solo se notaba que era una pareja: la mujer llevaba del brazo al hombre, ambos con una figura espectacular, altos, llamativos, con un aire de elegancia que los hacía resaltar.
—Oye, ¿tú recuerdas haberlos visto antes?
—No, la verdad nunca los había visto.
Cuando se acercaron, la luz cálida del jardín iluminó por fin sus rostros.
Por un instante, todos callaron, hasta el punto que se habría escuchado caer un alfiler.
El hombre vestía un traje negro perfectamente entallado, que resaltaba aún más su altura y su porte. Aunque estaba casi cubierto por la ropa, no había duda de que su físico era digno de cualquier modelo internacional.
Pero lo que más llamaba la atención era su cara: rasgos definidos, facciones armoniosas, nariz recta y elegante, todo en él parecía esculpido a mano. Bajo la luz dorada, su atractivo resultaba casi irreal.
—¿Será que es extranjero? —murmuró alguien.
—He visto muchos tipos apuestos, pensé que solo el señor Nelson podía ser considerado un verdadero galán, pero este también se lleva el premio —añadió otra voz, admirada.
—La mujer que va con él... ¿no es Gisela?

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