La mujer llevaba un vestido ceñido de un azul claro, tan ajustado que delineaba perfectamente su esbelta cintura, esa que ni siquiera se podía abarcar con ambas manos. La falda tenía una abertura alta, y con cada paso dejaba entrever unas piernas largas y tan blancas que deslumbraban, provocando suspiros a su alrededor.
Su cara, pequeña y delicada, lucía un maquillaje sutil que resaltaba unos rasgos grandes y llamativos. Los labios, de un rojo encendido, esbozaban una media sonrisa; sus cejas arqueadas y su mirada chispeante irradiaban vida. Cada movimiento suyo, desde el más simple, destilaba un encanto natural, sin necesidad de buscar la aprobación de nadie.
Hace unos años, la gente que estaba en esa plaza ya tenía tratos con la familia Tovar. Por supuesto que reconocían ese rostro.
Era…
¡La misma Gisela que la familia Tovar había echado!
¡Gisela!
—¿Gisela? ¿Cómo puede ser Gisela? ¿No que Arturo la había corrido de la casa? ¿Qué hace aquí de regreso?
—¿De verdad es Gisela? ¿Y todavía se atreve a venir? ¿No le da miedo que la boten otra vez?
—A ver, creo que ese nombre lo he escuchado en algún lado…
—Vaya, ¿y los de seguridad? ¿Por qué dejan entrar a cualquier persona? ¿Gisela? ¿Qué derecho tiene esa mujer de estar aquí? Si Arturo la ve, seguro se va a enojar.
El ambiente se tornó tan silencioso que las voces de esos pocos que hablaban se escuchaban con claridad en toda la plaza.
Gisela y Xavier se acercaron lo suficiente como para oír cada palabra que decían.
El semblante de Xavier se ensombreció.
Él sabía que la situación de Gisela con la familia Tovar no era nada fácil, pero jamás pensó que la gente fuera tan descarada para hablar mal de ella justo en su presencia.
Si así se atrevían a tratarla de frente, ni imaginar lo que serían capaces de hacer a sus espaldas.
Si ahora, después de tantos años, seguían igual, ¿cómo habría sido para Gisela en aquellos días, cuando aún era una simple estudiante de preparatoria? Seguramente la pasó mucho peor.
Al pensar en eso, a Xavier se le notó el enojo en la mirada, como si una nube gris le cubriera el pecho y quisiera ir a soltarle una bofetada a cada uno de esos bocones.
Pero la verdad era que Gisela ya estaba más que acostumbrada a ese ambiente tóxico.
Todo el mundo sabía que Arturo, Nelson y el resto de la familia Tovar no la querían. La familia Tovar era la más poderosa de Puerto Neblina; todos los demás solo buscaban quedar bien con ellos, esperando ganar algún favor.
Para demostrar su lealtad, se aseguraban de tratarla con desprecio, de humillarla y hablar mal de ella a cada oportunidad.
Gisela había escuchado miles de palabras así.
Ahora, las críticas solo le parecían ruido de fondo. Ya no sentía ni rabia ni inquietud, solo una calma absoluta, como si el viento se llevara cualquier molestia.
Hasta le daban ganas de reír.
Después de tantos años, seguían repitiendo lo mismo. Qué poco habían cambiado.
Gisela se preguntaba qué les había dado la familia Tovar para que les fueran tan fieles.
Ella y Xavier se acercaron aún más. Gisela levantó el mentón y sonrió con ligereza.
—Hola a todos, cuánto tiempo sin verlos.
Los hombres y mujeres ahí presentes se miraron entre sí, y en sus ojos se leía rechazo y fastidio.
Nadie contestó la pregunta de Gisela, sus palabras parecían haber caído al suelo.
Pero a Gisela eso no le importó. De hecho, estaba disfrutando verles la cara, como si acabaran de morder algo tan desagradable que no podían ocultar el asco.
Antes, esas miradas de desprecio le dolían. Pero ahora, ver que su sola presencia les ponía de malhumor, le resultaba liberador.
Quién diría que causaba tanto efecto en esa gente.
A Xavier, con su instinto protector, le costaba más contenerse.
—Gisela, ¿por qué no me avisaste que aquí todos eran sordos y mudos? Si me hubieras dicho, habría aprendido lenguaje de señas, pero así solo puedo ignorarlos, ni modo.

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