Gisela bajó un poco la mirada, sus ojos perdieron algo de brillo.
—Entre él y yo no hay mucho que contar. Pero si quieres escuchar, te lo puedo platicar.
—Pero…
Xavier no tardó en preguntar:
—¿Pero qué?
Gisela apretó los labios y esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Estás seguro de que quieres escuchar?
La voz de Xavier se volvió más grave.
—Ya son cosas del pasado, ya quedó atrás. No pasa nada, puedo oírlo.
Gisela se inclinó hacia él, tratando de ver su expresión.
—¿De verdad quieres escuchar? ¿Entonces por qué esa cara tan amarga?
Xavier apartó la vista.
—No es cierto.
Gisela soltó una risita ahogada.
—No te pongas así, eh. Si cuando llegue Nelson sigues con esa cara, va a terminar viéndose mejor que tú.
Xavier giró la cabeza de golpe y la miró con ojos entrecerrados.
—¿Qué tratas de decir, que Nelson es más guapo que yo?
Gisela encogió los hombros, divertida.
—Yo no dije eso, tú solito lo entendiste así.
Él la observó con atención, como queriendo descifrar cada emoción en su rostro.
—Será mejor que de verdad no lo pienses.
Gisela ya no pudo contener la risa.
—No, claro que no. Tú eres el más guapo, el más guapo del mundo, ¿feliz?
Xavier mantuvo el gesto serio, pero terminó ajustándose la corbata otra vez, como si buscara reafirmar su presencia.
Gisela negó con la cabeza, divertida.
Echó un vistazo rápido a su alrededor, recorriendo con la mirada cada rincón de la mansión Tovar.
Aunque habían pasado algunos años, aún recordaba los momentos vividos en distintos sitios de esa casa.
De repente, se quedó inmóvil.

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