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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 516

Gisela dibujó una media sonrisa en los labios.

—Por supuesto que me acuerdo.

Conocía a la mayoría de las personas en la sala; después de todo, casi todos los presentes habían sido expertos en pisotearla en el pasado.

—Hace un momento el señor César ya nos contó que la señorita Gisela ha progresado mucho estos años en Ciudad de los Vientos, que Códice Avanzado va viento en popa. Ahora, cualquiera tiene que mirar a la señorita Gisela con otros ojos.

—Señorita Gisela, antes yo era muy prepotente, tal vez llegué a decir cosas que la hicieron enojar. Ojalá no me lo tome a mal, le ofrezco una copa.

Gisela tomó la copa que le entregó uno de los empleados. Observó cómo la persona al frente bebía el trago de un solo golpe, mientras ella ni siquiera acercó la copa a los labios.

Una vez que el otro terminó, Gisela sonrió.

—Esta noche vine en carro, así que no tomaré.

La persona asintió de inmediato, queriendo quedar bien.

—Entiendo, señorita Gisela, como guste.

Las sonrisas en la sala se tornaron tensas.

Desde el momento en que Gisela entró, la noticia se regó por toda la mansión Tovar.

Todos sabían perfectamente que Gisela había llegado en taxi, ¿cómo que en carro? Era obvio que solo quería zafarse.

Algunos no tardaron en mostrar mala cara.

Una voz sarcástica resonó:

—Ahora sí que Gisela regresó hecha una triunfadora, ¿no? ¿Ya no nos soportas? Solo que no sabemos cuánto te va a durar la buena racha. Si algún día necesitas ayuda, ni te molestes en buscarnos.

Varios alrededor asintieron, apoyando el comentario.

Gisela se quedó mirando a la persona que había hablado, sin decir nada durante un buen rato.

Eso la incomodó, arrugó la frente y soltó, molesta:

—¿Qué tanto me ves?

De pronto, Gisela volvió a dibujar una sonrisa.

—¿Tú eres Marcela Soriano, la hija de la familia Soriano?

—Han pasado muchos años. ¿Te va bien? Me acuerdo que tu papá hace poco fue investigado, ¿no? Hasta estuvo preso un tiempo.

El rostro de Marcela se endureció.

—Gisela, tú—

De pronto, la cara de Marcela se desfiguró. Algo la sacudió por dentro, un escalofrío atravesó la sala.

—¿Qué pasa? —musitó, sin poder evitar temblar.

Frente a Gisela, un hombre que no había abierto la boca en ningún momento, de repente se movió. Su presencia era imposible de ignorar: el porte, la expresión adusta, la mirada profunda. Incluso sin decir nada, la tensión que emanaba era suficiente para atraer todas las miradas.

Cuando guardaba silencio, parecía inofensivo. Nadie esperaba que de pronto se pusiera delante de Gisela, cubriéndola, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos clavados en Marcela, y un aire tan sombrío que la temperatura pareció bajar varios grados.

Era tan alto que, aún con el traje, se notaban los músculos tensos bajo la tela.

Marcela, que estaba cerca, sintió en carne propia el peso abrumador de su presencia.

—Tú... ¿quién eres? —preguntó, la voz temblorosa.

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