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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 53

—Baltasar, yo no soy ninguna santa, también sé cómo cobrarme las cosas.

Gisela lanzó la pequeña navaja que tenía oculta en la palma de la mano y dejó que cayera sobre la mesa. El sonido metálico chocó con el vaso de vidrio, creando un eco agudo que atravesó el silencio del lugar.

El rostro de Baltasar se puso pálido, sus ojos se oscurecieron, cargados de tensión.

Gisela ni se inmutó. Se giró de inmediato y, de cara a todos los presentes, habló con voz clara:

—Este es el regalo que les traigo. ¿Les gustó?

El público enmudeció, todos la miraban con una mezcla de asombro y miedo.

Gisela solo escuchó los pasos apurados de Baltasar alejándose tras ella.

No le pareció divertido en absoluto, así que simplemente se dio la vuelta y salió del lugar.

Sosteniendo su vestido con una mano, Gisela bajó la mirada, cuidando cada paso.

Era de noche y, además, el bar tenía la costumbre de mantener las luces bajas, así que si no ponía atención al bajar las escaleras, cualquier descuido podía costarle una caída.

Cuando escuchó pasos acercándose por detrás, pensó que sería Baltasar, ya cambiado, que volvía para reclamarle.

No levantó la mirada ni un segundo, hasta que una mano fuerte y repentina la sujetó por la muñeca, con una fuerza imposible de resistir.

De un tirón brusco, la giraron y la obligaron a enfrentarse al dueño de esa fuerza.

Frente a ella estaban los ojos de Nelson.

Ella arrugó el ceño, visiblemente molesta.

—¿Qué se te ofrece?

Pensó que Nelson venía también a buscarle problemas; su voz sonó cortante y su expresión era dura.

Nelson la miraba con la cabeza ligeramente inclinada, y habló en un tono grave:

—Qué hábil eres, ¿eh?

Gisela arqueó una ceja y dejó escapar una media sonrisa burlona:

—No te quedas atrás.

En la vida pasada, Nelson solo había sido uno más entre los espectadores.

Pero ahora la apretaba con tanta fuerza que casi le dolía la muñeca.

Gisela apretó los dientes.

—¡Suéltame!

Nelson entrecerró los ojos, acercándose un poco más, con esa mirada de animal salvaje que repasa su territorio.

—¿Esa ropa te la puso Baltasar?

Gisela soltó una carcajada áspera.

—¿Tú qué crees? No te hagas el desentendido.

Nelson frunció la frente, por un momento, como si algo le molestara.

—Nelson, aquí estás, te he estado buscando por todos lados.

La voz suave de Romina resonó desde el pasillo.

—Señorita Gisela, también está usted aquí.

Gisela mantuvo la mirada fija en Nelson, que apenas volteó a ver a Romina y enseguida la soltó.

Romina se acercó, y en sus ojos no pudo ocultar esa chispa de hostilidad hacia Gisela.

—Nelson, ¿de qué platicabas con la señorita Gisela?

Gisela apenas torció los labios, giró la muñeca para liberarse y se dio la vuelta para marcharse.

Pero, al siguiente instante, Nelson volvió a sujetarla.

Gisela ya no se contuvo. Con un tirón lleno de rabia, le quitó la mano de encima y le soltó con voz dura:

—Señor Nelson, su novia está aquí, ¿no cree que debería comportarse?

Los rasgos de Nelson se tensaron. Sus ojos, oscuros y alargados, se ensombrecieron.

—Gisela...

Romina lo tomó del brazo enseguida, con voz dulce:

—Gracias, mamá. De verdad.

Después del pastel, se duchó a toda prisa, puso su celular en silencio y, sin importar cuántas llamadas entraban, se tumbó en la cama y se quedó dormida de inmediato.

...

Al día siguiente, al llegar a la escuela, la maestra Arce la llamó a su oficina.

La maestra Arce era una mujer amable, de voz suave y trato delicado.

—Gisela, como te dije por teléfono, ya no harás la presentación de piano en el aniversario escolar. La escuela invitó a Romina y al señor Nelson para que se encarguen de eso.

Gisela asintió:

—Entiendo.

La maestra Arce la miró con algo de tristeza.

—Sé que te preparaste mucho para tocar, y te pido disculpas de parte de la escuela. Pero hay otro puesto disponible: necesitamos a una presentadora más, serían dos hombres y dos mujeres. ¿Te gustaría participar como presentadora?

Gisela se quedó unos segundos en silencio, sorprendida, pero enseguida asintió.

—Sí, quiero hacerlo.

La maestra Arce sonrió con calidez.

—Perfecto. Te paso el guion, estúdialo bien estos días y después del ensayo, vas directo al escenario.

...

Al salir de clases, Gisela fue al backstage del evento.

El ambiente estaba cargado de expectativa; la escuela le daba tanta importancia al aniversario porque tener a Nelson y Romina como invitados garantizaría buena publicidad.

El escenario era impresionante, con equipos y luces de primera.

Gisela observaba todo en silencio.

En eso, vio a unos trabajadores entrar con mucho cuidado, cargando un piano negro y reluciente, y lo acomodaron suavemente en el centro del escenario.

—Con cuidado, ese es el piano del señor Nelson. No vayan a dañarlo.

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