Alejandra forzó una leve sonrisa mientras ayudaba a Elisa a sentarse al borde de la cama.
—No es nada grave, solo que la encargada de la tienda me llamó hace un rato. Hay algunos asuntos que tengo que resolver allá, así que en un rato tengo que irme —explicó, intentando sonar tranquila.
Elisa le sostuvo la mano con suavidad y le dio unas palmaditas.
—Está bien, hija, ve a trabajar. Pero no te mates en el intento, cuídate y descansa cuando puedas.
Alejandra asintió, apretando los labios.
—Lo haré, abuela.
Dudó un momento, como si tuviera algo más que decir. Finalmente, se animó.
—Abuelita, si Florencia vuelve a buscarte, por favor, mantente alejada de ella.
Elisa arrugó la frente, visiblemente preocupada.
—¿Por qué? ¿Hay algo malo con Florencia?
Alejandra vaciló antes de responder, bajando la voz.
—No es nada de qué preocuparse… solo hazme caso. No platiques mucho con ella, trata de mantener distancia.
Elisa asintió de inmediato, con la seriedad marcada en el rostro.
—Claro, yo te hago caso. Si vuelve a venir, ni la saludo.
...
Gisela y Alejandra no coincidieron en el hospital. Apenas Alejandra se fue, llegó Gisela.
Como de costumbre, Gisela se dirigió a la habitación de Elisa, pero en cuanto llegó, notó que algo no cuadraba.
Tocó varias veces la puerta. Nadie contestó.
Gisela alzó una ceja. Por lo general, Elisa la habría dejado pasar de inmediato y, además, no era hora de su siesta.
Esperó unos segundos, asegurándose de que no hubiera ningún sonido adentro, y se giró para irse. Justo en ese momento, la puerta se abrió.
Era Carolina, la cuidadora de Elisa.
Carolina salió y, sin darle mucha importancia, cerró la puerta tras de sí.
—Ya se quedó dormida —dijo con voz neutra.
Sin embargo, Gisela, que había sido rápida de reflejos, alcanzó a ver por la rendija de la puerta que Elisa estaba sentada en la cama, mirando hacia la entrada, claramente despierta.
Alzó una ceja, pero no la desenmascaró. Agradeció y se dispuso a marcharse.
Ya en el pasillo, se detuvo un instante, pensativa, y luego se dirigió con decisión al área de recepción.
La enfermera que estaba en turno la saludó con amabilidad.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
—Mi amiga está internada por una fractura, ¿me podrías decir en qué habitación está? —preguntó Gisela, fingiendo que era una consulta casual.
La enfermera soltó una risita.
—Eres la segunda que viene a preguntar lo mismo.
—¿Cómo? —Gisela fingió sorpresa.
De pronto, una voz se hizo oír a su lado, con un tono curioso.
—Disculpe, ¿no la he visto antes en algún lado?
Al voltear, Gisela se encontró con otro empleado de la cafetería. Ella torció una sonrisa.
—No lo creo —respondió, sin mucha emoción.
El empleado la miró con atención, frunciendo el ceño.
—No, de verdad. Estoy seguro de que la conozco de algún lugar.
Gisela sonrió con ligereza.
—Me han visto en muchos lados —comentó, casi con desgano.
Después de todo, había salido en varias noticias económicas.
El empleado abrió los ojos con asombro.
—Usted…
¿Cómo puede ser tan confiada?
—¿Qué pasa? —tiró Gisela, con expresión desafiante.
Al empleado, de pronto, como si le acabaran de pegar en la cabeza, le cayó el veinte y recordó dónde la había visto.
Sacó el celular de inmediato y empezó a buscar frenéticamente en la pantalla.
Cuando encontró lo que buscaba, su cara reflejaba puro asombro. Levantó el celular frente a Gisela, mostrando la noticia.

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