Al ver la foto, la mirada de Alejandra se detuvo de inmediato, y sus pupilas se contrajeron.
Frunció levemente el ceño.
A la anciana de la foto la conocía muy bien.
Y la cara de la joven que aparecía junto a ella también le resultaba familiar.
Era la misma chica que, en los últimos días, había estado yendo con frecuencia a su cafetería para pedir café y tocar el piano.
No había duda.
Con tan pocas mujeres así de llamativas y bonitas, era imposible confundirla.
Jamás le había preguntado su nombre; era la primera vez que se enteraba de cómo se llamaba.
En el fondo, Alejandra sintió una extraña incomodidad, como si una piedra enorme se hubiera instalado en su pecho.
¿De verdad podía existir una coincidencia así?
Florencia, no solo era conocida suya, sino que también tenía una amiga hospitalizada por una fractura y, además, conocía a su abuela.
Durante estos años, por estar cerca de Romina, Alejandra se había topado con toda clase de intrigas poco comunes.
Su instinto le gritaba que detrás de esto había algo más.
Elisa seguía sonriendo mientras preguntaba:
—Alejandra, ¿qué te parece? ¿A poco no está bonita la muchacha?
—Sí, bonita… —asintió Alejandra con cierta duda—. Abuela, ¿cuándo conociste a esta chica?
Elisa arrugó la frente, pensativa durante unos segundos.
—Justo hace unos días.
Alejandra insistió:
—¿Hace cuántos días exactamente?
—¿Por qué? ¿Eso es importante? —preguntó Elisa, intrigada.
Alejandra asintió.
—Sí, sí es importante.
Tras quedarse callada un momento, Elisa respondió:
—Creo que hace cuatro días.
Cuatro días.
Eso quería decir que Florencia había ido primero a su cafetería y después, en esa misma semana, se topó con su abuela en el hospital.
Aunque no tenía pruebas para sospechar de Florencia, y a pesar de que en los días que la había tratado le había caído bastante bien, Alejandra no podía evitar sentir que había algo raro.
Repasó mentalmente sus interacciones con Florencia.
Florencia era educada y sabía comportarse, tenía facilidad de palabra, era divertida pero sin exagerar, y la conversación con ella siempre resultaba amena.
Aunque solo llevaban unos días de conocerse, Alejandra ya la consideraba una amiga con la que podía contar.
Además, Florencia tocaba el piano de manera sorprendente.
El piano...
Ese mismo día, Alejandra acababa de enviarle a Romina su nueva composición para piano. Por eso, todo lo relacionado con ese instrumento la tenía más sensible de lo habitual.
Le devolvió el celular a la cuidadora.
—¿Podrías enviarme esa foto? —pidió.
La cuidadora asintió y empezó a manipular el celular.
Fue entonces cuando Elisa, apenas dándose cuenta de la tensión, preguntó:
—¿Qué pasa, hay algún problema?
Alejandra se sentó junto a ella.
—Abuela, esa Florencia de la que hablas ha estado viniendo a mi cafetería estos días, incluso desde antes de que tú la conocieras.
Los ojos de Elisa se iluminaron.
—¿En serio? ¡Qué curioso! Yo decía que con esa muchacha tenía buena vibra, que el destino quería que nos conociéramos. Desde hace días pensaba en presentártela.
Alejandra apretó los labios.
Revisó la lista de pacientes.
Después de unos segundos, levantó el rostro con el ceño fruncido.
—¿Fractura?
Alejandra preguntó enseguida:
—¿Pasa algo?
La enfermera dudó.
—En este tiempo, aquí no hemos recibido a ningún paciente con fractura. El mes pasado sí hubo uno, pero ya fue dado de alta. Tal vez te confundiste, quizá tu amiga no está en este hospital...
“No hemos recibido a ningún paciente con fractura.”
El gesto de Alejandra se endureció de golpe.
Luego, incapaz de aceptarlo, insistió:
—¿No podrías revisar otra vez? No puede ser que no haya nadie.
La enfermera negó con firmeza.
—Te lo aseguro, lo recuerdo bien. Cuando me preguntaste hasta me saqué de onda, pero estoy segura: no hay ningún paciente con fractura.
No había duda.
Florencia estaba mintiendo.
¿Por qué mentiría?
¿Qué es lo que quería?
Alejandra se quedó congelada por unos segundos, respiró hondo varias veces, esforzándose por mantener la calma.
—Está bien, gracias. Creo que me equivoqué. Iré a preguntar de nuevo a mi amiga.
Volvió al cuarto de Elisa casi a rastras, sintiendo el cuerpo pesado.
Elisa en seguida notó que algo andaba mal.
—Alejandra, ¿por qué tienes esa cara tan rara?

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