Pedro soltó una risa baja y burlona.
—Romina, ya me dejaste tirado una vez. Necesito algo que sea real, algo que pueda tener en mis manos como garantía. Si no, no me siento seguro... y entonces no puedo ayudarte.
Romina apretó los dientes con rabia.
Pedro siempre quería más de lo que parecía posible. Lo que él pedía nunca era sencillo ni barato.
Pero la situación la tenía acorralada, así que no le quedó más que aceptar, tragándose el orgullo.
—Mientras no te metas con mi familia, puedo prometerte lo que sea —cedió, casi suplicando.
Del otro lado de la llamada, Pedro se quedó callado de repente.
Ese silencio tan denso solo aumentó la ansiedad y el miedo que Romina sentía en el pecho. Unos segundos que se hicieron eternos.
Luego, Pedro soltó una risa cargada de sarcasmo.
—Romina, ¿de verdad te enamoraste de Nelson? ¿Ya se te olvidó por qué te casaste con él en primer lugar?
Romina sintió un vuelco en el estómago.
—Eso no te incumbe —replicó con voz temblorosa—. Solo dime si vas a ayudarme o no.
Pedro entrecerró los ojos, la voz se le volvió grave.
—Está bien. Pero quiero que pases una semana completa con Katia. Ella lleva tiempo queriendo conocerte.
—¿Katia? —Romina frunció el ceño, el presentimiento de que algo andaba muy mal se apoderó de ella.
Pedro no dijo nada más, esperando su reacción. El silencio se volvió pesado. En la cabeza de Romina empezó a formarse una idea terrible que no quería aceptar.
—¿Quién es Katia? —preguntó finalmente, con una voz apenas audible.
Pedro dejó escapar una risa suave.
—¿Ya se te olvidó? No han pasado tantos años.
Romina sintió que el corazón le iba a estallar.
—¡¿Quién es Katia?! —insistió, al borde de gritar.
La respuesta de Pedro fue como un cuchillo directo al pecho, afilado y certero, desatando una tormenta de emociones.
—Katia es nuestra hija, Romina. Tiene seis años y medio. Es dos años mayor que el hijo que tienes con Nelson.
El mundo de Romina se detuvo. Todo se desvaneció en un segundo.
—Si haces cuentas, tu Thiago debería llamarla hermana mayor —añadió Pedro, con una voz que parecía disfrutar la destrucción que provocaba.
—Romina, puedo perdonarte muchas cosas. Que me dejaras, que te casaras con Nelson, incluso que no me hayas buscado en años. Todo eso lo puedo dejar atrás.
—Pero Katia es mi hija. Aunque tú no la quieras, yo no puedo dejar de ser su papá. No puedo hacer como si no existiera.
Romina todavía intentó aferrarse a una pizca de control.
—¿Te la llevaste de regreso? Si todavía está allá, déjala ahí y no la traigas nunca.
Pedro cortó de tajo sus ilusiones.
—No pienso dejar a mi hija en otro país. Ella debe estar conmigo.
Romina se jaló el cabello, desesperada, al borde del colapso.
—¡Me vas a volver loca! —gritó, perdiendo la compostura.
Luego, bajó el tono, suplicando, implorando como nunca antes.
—Pedro, por favor. Te lo pido de corazón. Llévatela lejos, no regreses nunca. Hazlo por mí, ¿sí? Tú decías que me amabas más que a nada... Solo te pido esto, una sola cosa. Ayúdame, por favor...
Pedro respondió, con una voz tan seria que no había lugar para dudas.
—Romina, tienes que entender que desde que decidiste terminar conmigo, las cosas cambiaron. Sí, te quise mucho. Pero ya no soy ese chavo que solo sabía seguirte como un perrito.

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