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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 641

Romina no podía respirar, su cara parecía amoratada y el malestar se le notaba en cada gesto.

Pedro habló con voz apagada:

—Romina, tienes que entenderlo: ahora eres tú quien me está pidiendo el favor.

—Según tú, lo que hagas no tiene nada que ver conmigo. Entonces, lo que yo haga, tampoco tiene por qué importarte.

Pedro continuó, con ese tono que te cala hasta los huesos:

—Piénsalo bien. O pasas una semana acompañando a Katia, o dejas que Nelson se entere de que no eres tan pura y noble como él cree.

Romina se agarró el cabello con fuerza, al grado de lastimarse el cuero cabelludo. La cabeza le daba vueltas; pensamientos revueltos, sin forma ni esperanza.

—Pedro, ¿de verdad no puedes ayudarme sin ponerme condiciones?

—No puedo, Romina. Tienes que ver la realidad —respondió él, sin titubear.

—Pero tú sabes por qué quiero salir adelante, tú entiendes por qué quiero casarme con alguien de la familia Tovar. Sabes bien cómo la paso en la familia Varela, conoces todo lo que he vivido. ¿Por qué ahora me sales con esto? ¿Por qué no puedes ayudarme como antes?

Pedro suspiró al otro lado de la línea:

—Siempre me vas a importar, pero también quiero que te preocupes por mí… y por nuestra hija.

El mundo de Romina se vino abajo. Se quedó en silencio, atrapada en una lucha interna que parecía no tener fin.

Pasaron tres minutos. Por fin soltó su cabello, y esa voz dulce y delicada que siempre la había caracterizado ahora sonaba rasposa, apenas un susurro:

—Acepto lo que pides, pero necesito que me prometas algo: ni la familia Tovar ni Nelson pueden enterarse de mi relación contigo ni con Katia. No pueden descubrir nada, ¿lo entiendes?

Pedro sonrió, satisfecho:

—Te doy mi palabra.

Romina cerró los ojos, vencida:

—Entonces apúrate con los preparativos. El tiempo se nos acaba.

Pedro suavizó el tono, más cálido que antes:

—Espérame tantito.

Romina colgó y apoyó la frente contra la pared, agotada.

Solo logró descansar unos minutos; todavía no asimilaba la plática con Pedro, cuando sintió pasos acercándose por detrás.

—Señorita Romina, por la cancelación de sus resultados en la competencia, necesitamos que devuelva el trofeo y el diploma al comité organizador.

Romina se giró, apretando el trofeo y el diploma. Inspiró profundo:

—¿Por qué la prisa? ¿No que todavía falta que lo revisen los de arriba? Mientras no den el veredicto final, no voy a entregar nada.

Esteban se acercó, mirándola con una expresión impasible:

—Señorita Romina, le pedimos su colaboración.

Romina apretó los labios:

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