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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 646

Apenas subió al carro, Gisela marcó a Bruno.

Durante todos estos años, Bruno se había dedicado únicamente al área técnica de la empresa. Rara vez trataba con otras personas y solo cuando Delia tenía tiempo, lo llevaba a conocer gente importante del sector.

Bruno era un genio en tecnología, siempre fue el pilar principal de la compañía; cada proyecto clave tenía su huella en el código central. Gisela nunca fue tacaña con él. Siempre le dio suficientes acciones y bonificaciones, y ambos habían mantenido una relación de camaradería, convirtiéndose en buenos amigos con el paso del tiempo.

Bruno tenía hábitos muy sanos. Aún no eran las diez de la noche, pero cuando contestó el teléfono, ya se le notaba el cansancio en la voz.

—¿Ya te vas a dormir? —preguntó Gisela.

—Todavía no. ¿Qué pasó?

—¿Tienes la compu cerca?

—Aquí la tengo.

Gisela bajó la mirada, manipuló el celular y le mandó un mensaje a Bruno.

—Te envié una dirección, es el Palacio de Luna. Quiero que borres la parte de las cámaras donde se ve que subo al taxi. Solo encárgate de que nadie pueda darse cuenta que fui yo.

Al otro lado de la línea, se escucharon ruidos, probablemente Bruno andaba buscando su laptop.

—Va, pero necesito algo de tiempo. La seguridad del Palacio de Luna es pesada, no es sencillo.

El chofer que llevaba a Gisela tenía las orejas paradas, la expresión entre nervioso y emocionado, como si estuviera viviendo una escena de película.

Luego de colgar, el carro ya estaba estacionado frente a la casa del chofer.

Gisela giró un poco y lo miró de lado, con voz tranquila le soltó:

—Acuérdate de guardar el secreto.

El conductor tenía una mezcla de nervios y entusiasmo en los ojos.

—¿De verdad no están grabando una película? Esto de atrapar a la amante se está poniendo buenísimo…

Mientras hablaba, se asomaba por la ventana, buscando alguna cámara oculta.

—Ya estuvo, bájate —dijo Gisela, cortante.

El chofer se acomodó, se puso serio y levantó la mano, haciendo el gesto de cerrar la boca con un cierre.

—No te preocupes, no le voy a contar a nadie.

...

Al llegar a la entrada de Villa Jardines de Armonía, el celular de Gisela vibró con un mensaje de Bruno.

[Ya lo eliminé.]

[Perfecto.]

El rostro de Romina perdió color.

—Entonces, vinieron preparados.

Pedro se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.

Romina, al borde de la desesperación, alzó la voz sin poder evitarlo:

—¿Y ahora qué? ¿De verdad no hay manera de averiguar nada?

El tono fue tan alto que Katia se movió en brazos de Romina y murmuró medio dormida:

—Mamá…

En ese momento, Romina no podía prestarle atención a Katia. Tenía la mirada fija en Pedro.

—Pedro, tú también tienes responsabilidad en esto. Necesito que me ayudes.

Katia levantó la cabeza, aún adormilada, y miró a ambos con confusión.

—¿Mamá, papá, qué pasa?

Pedro bajó la mirada y, con la mano, limpió las lágrimas que se asomaban en los ojos de Katia.

A veces, la sangre llama. Desde que vio a Romina, Katia buscaba su cercanía, se aferraba a ella aunque Romina, rígida y a la defensiva, no quisiera reconocer que era su madre.

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