El chofer subió al carro y cerró la puerta.
—Señor Pedro, señorita Romina, ya se fueron.
Romina, inquieta, asomó la cabeza para mirar hacia la entrada de la colonia.
—¿De verdad ya se fueron? No vaya a ser que solo estén fingiendo y regresen de repente.
El chofer lo pensó un momento antes de responder.
—¿Tal vez debamos esperar un poco más?
Antes de que Pedro pudiera decir algo, Romina se adelantó.
—Sí, mejor esperemos, hay que asegurarnos de que ese carro de verdad ya se fue.
El chofer no respondió, solo volvió la mirada hacia Pedro.
Pedro cruzó las piernas con elegancia y dijo con voz tranquila:
—Hagamos eso.
El chofer asintió con la cabeza.
—Entendido.
Romina se mordió el labio y se acercó un poco a Pedro, preguntando en voz baja:
—Pedro, ¿tienes idea de quién nos está siguiendo?
Pedro la miró de reojo.
—No lo sé. Hay que investigarlo.
La mirada de Romina se llenó de dudas por un instante antes de encogerse en su asiento.
—Pedro, creo que mejor no deberíamos vernos por un tiempo...
En su interior, Romina estaba realmente nerviosa. El miedo a ser descubierta la tenía al borde.
Apretando la muñeca de Pedro, insistió:
—Mira, cada vez que nos vemos, aparece alguien siguiéndonos. ¿Por qué no dejamos de vernos unos días? Mejor esperemos.
—¿Te da tanto miedo que nos descubran? —Pedro preguntó, en voz baja, girando la cabeza para clavar en ella una mirada oscura.
Romina sintió un escalofrío. Sus manos, temblorosas, apretaban las de Pedro con suavidad.
—No es eso. Lo hago por los dos. Si nos descubren, no nos va a ir bien a ninguno.
Pedro la observó en silencio. En la penumbra del carro, sus ojos color ámbar parecían aún más profundos, aunque había en ellos un brillo suave que a Romina le hizo pensar que estaba de acuerdo.
Romina intentó sonreír, pero Pedro le cortó la ilusión:
—Eso no va a pasar.
El gesto de Romina se congeló.
Pedro aferró la mano de Romina, entrelazando sus dedos con fuerza.
—Romina, eres la única preocupada aquí. Yo no temo que nos descubran, ni me importan las consecuencias.
Soltó una risa seca.
—Para serte sincero, hasta me gustaría que se enteren, que Nelson sepa lo nuestro.
Romina se puso pálida.
—Pedro, ¿desde cuándo eres así? Antes... antes me hacías caso en todo.
Pedro la miró durante unos segundos antes de soltar una carcajada breve.
—Romina, sí, durante años hice todo lo que decías. ¿Y qué gané? Que volviste con Nelson, te casaste y hasta tuviste un hijo. ¿Dónde quedé yo?
—¿De verdad crees que todavía voy a hacerte caso? —Alzó la mano de pronto y le sujetó la cara—. Ahora, Romina, eres tú quien debe escucharme.
Romina lo miró sin entender, su color se iba desvaneciendo.
Pedro soltó su cara y, con una palmada cariñosa, le dio un pequeño apretón en la mejilla.
—Ya, no te preocupes. Voy a encargarme de averiguar quién iba en ese carro. Ya te puse nerviosa de más, mira nada más, hasta pálida te pusiste.
Romina miraba a Pedro como si fuera un completo desconocido. Ya no quedaba ni rastro del hombre que antes la complacía en todo.
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