Romina empujó a Thiago suavemente hacia adelante.
—Thiago, entra y quédate con el señor Saúl.
—Ah, sí —respondió Thiago, obedeciendo sin protestar.
Romina observó cómo los dos se metían al cuarto y cerraban la puerta tras de sí. Soltó un suspiro y, sólo entonces, sacó su celular y abrió WhatsApp.
Desde hace rato sentía el celular vibrando en el bolsillo; ya presentía que alguien le había mandado mensajes.
No se equivocaba. Era Pedro.
[Pedro: Romina, ¿ya se te olvidó lo que acordamos tú y yo?]
[Pedro: He sido muy paciente contigo. Ayer ni siquiera te pedí que vinieras a cuidar a Katia, ¿pero hoy? ¿Por qué acompañaste a Saúl a ponerle la medicina? ¿Qué significa eso?]
[Pedro: Romina, tienes que saber que ya casi no me queda paciencia contigo.]
[Pedro: Y no se te olvide que ese concurso de piano al que vas apenas fue la primera ronda. Todavía faltan las semifinales y la final. Si no me falla la memoria, pasado mañana vuelves a competir, ¿no? Si quieres que todo siga bien, ya sabes lo que tienes que hacer.]
Al leer ese montón de mensajes, Romina sintió que la sangre se le iba del rostro. Los dedos le temblaban mientras contestaba en la pantalla.
[Romina: Pedro, sé que estás molesto, pero, ¿de verdad no puedes ponerte en mi lugar?]
[Romina: Te lo suplico, no puedo dejar que los demás descubran lo de Katia y yo. No puedo, de verdad.]
[Romina: La familia Tovar es importantísima para mí. No puedo permitir que se sepa.]
[Romina: Mira, te prometo que voy a reponer el tiempo. Estos dos días no estuve con Katia, pero después la cuidaré dos días seguidos, ¿te parece?]
Pedro no tardó nada en contestar.
[Pedro: Doble compensación. Eso no se negocia.]
Romina apretó los dientes.

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