Romina, con la mano temblorosa, casi dejó caer el celular.
Valentina le había mandado un mensaje:
[Romina, ¿quién es ese? No me digas que es el que tuviste con Pedro, ¿verdad?]
De inmediato, Romina apagó el celular y la pantalla quedó negra.
Valentina siguió mandándole más mensajes, pero Romina no quiso leerlos.
Su mente era un torbellino, el corazón le latía tan rápido que sentía que se le iba a salir del pecho.
Era como si tuviera una espada colgando sobre su cabeza, lista para caer y convertirlo todo en un desastre.
Si Pedro y Katia seguían quedándose en el país, con lo terco que era Pedro, tarde o temprano la familia Tovar y Nelson terminarían enterándose de todo.
Ya a estas alturas, Romina no pudo evitar reclamarle a su yo del pasado por haber seguido el consejo de Pedro y haber tenido a Katia. Si no le hubiera hecho caso, nada de esto estaría pasando.
También le guardaba rencor a Pedro. ¿Por qué no hizo lo que ella le pidió y mandó a Katia a una casa hogar? ¿Por qué se la llevó a vivir con él? ¿Por qué la trajo aquí, justo frente a Nelson?
Después de pensarlo una y otra vez, Romina llegó a la conclusión de que no podía permitir que Pedro y Katia se quedaran en el país. Tenían que irse, desaparecer completamente de la vista de los Tovar.
Tratando de ocultar la sombra oscura que asomaba en su mirada, Romina se giró y entró de nuevo al cuarto.
Saúl seguía poniéndose medicamento, mientras Thiago se había ido a la ventana y, de puntitas, miraba el paisaje con curiosidad.
Romina se sentó junto a Saúl. La enfermera, inclinada, terminaba de ponerle el ungüento en la cara.
Romina observó con dulzura las heridas de Saúl; tanto que él se puso rojo hasta las orejas.
—Saúl, ¿te duele? —preguntó ella con voz suave.
—Nada, ni te preocupes —soltó Saúl, tratando de hacerse el fuerte.
La enfermera, con un hisopo empapado en medicamento, aplicó con cuidado el líquido en la comisura inflamada de los labios de Saúl. Romina la miró unos segundos y luego extendió la mano.
—Déjame, yo lo hago. Anda, ve a atender otras cosas.
Saúl se quedó sorprendido y no pudo evitar mostrar cierta satisfacción.
—¿En serio puedo?
Romina le lanzó una mirada de fastidio.
—¿Cuántas veces te he curado desde que eras niño?
Saúl murmuró un par de sonidos y, sintiéndose consentido, hasta se dio el lujo de sonreír con orgullo.
La enfermera dudó un momento, primero miró a Saúl, luego a Romina, y al darse cuenta de que estaba sobrando, le entregó el hisopo y le explicó con detalle el orden en que debía aplicar el medicamento.

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