Entrar Via

Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 67

Justo cuando Gisela y Fabi fueron desalojadas de su pequeño departamento por el casero, Nelson apareció en su vida.

Nelson le consiguió trabajo como encargada de limpieza en el Edificio Consorcio del Pacífico. Fuera de eso, no le quedaba otro camino.

Ese edificio tenía treinta y tres pisos, y decenas de personas trabajando en la limpieza.

Pero bajo las órdenes de Nelson, los demás trabajadores le echaban todo el trabajo encima a Gisela.

Todos los días tenía que limpiar los treinta y tres pisos sola. Terminaba con la espalda y las piernas adoloridas, las manos temblorosas y sin un solo minuto para cuidar de Fabi.

A pesar de todo ese esfuerzo, al final del mes solo recibía dos mil pesos. Sin seguro, sin prestaciones, sin ningún tipo de apoyo ni vacaciones.

Nelson le dejaba claro que, si no le gustaba, se podía largar. Pero también le repetía que, en esa ciudad, no encontraría otro trabajo.

Gisela aguantó un año entero en el Consorcio del Pacífico, mordiéndose los labios y soportando humillaciones, hasta que Romina la echó con el pretexto de que los pisos no estaban limpios.

Ahora, al pararse frente a ese edificio, el cuerpo de Gisela no pudo evitar temblar. El miedo le recorría hasta lo más profundo del alma, como una sombra que nunca desaparecía.

No quería volver a poner un pie ahí.

Pero la maestra Arce era una buena persona, alguien que no merecía pagar las consecuencias de sus problemas.

Gisela miró el celular una vez más. El teléfono seguía sin dar tono. Con el corazón apretado, se armó de valor y entró.

Apenas cruzó la puerta, la recepcionista la detuvo.

—Señorita Gisela, disculpe, ¿a quién busca?

Gisela miró ese lugar tan conocido, sintiendo cómo se le vaciaba la cabeza por un instante.

—Busco a Nelson.

La recepcionista la observó de arriba abajo, notando su ropa sencilla. Intercambió una mirada con su compañero y ambos sonrieron con una complicidad burlona, como si entendieran perfectamente a qué venía Gisela.

—Lo siento, señorita Gisela. El señor Nelson ya sabía que usted vendría a buscarlo. Nos dejó dicho que no quiere verla y nos pidió, de manera muy puntual, que no la dejáramos pasar. Así que por favor, le pedimos que se retire.

Gisela supo en ese momento que la veían como una mujer capaz de cualquier cosa con tal de escalar posiciones.

No tenía ganas de discutir. Simplemente intentó avanzar.

—¡Oiga, señorita Gisela, no puede pasar! ¡Señorita Gisela!

—Señorita Gisela...

En ese instante, el elevador privado que llevaba a la oficina del director se abrió suavemente. De él salió el asistente personal de Nelson, con una sonrisa impecable.

—Señorita Gisela, disculpe, el señor Nelson no está aquí.

Las "reuniones" consistían en que los asistentes intercambiaban parejas, o incluso llevaban "mascotas" humanas para que los demás hicieran lo que quisieran.

Si alguien quería, podía llevarse a esa "mascota" a un cuarto privado y hacerle lo que se le antojara.

Cerca de la puerta trasera del Burbuja de Euforia siempre había carros estacionados, listos para llevar a las "mascotas" inconscientes al hospital.

En resumen, era un lugar que devoraba mujeres.

Y ahora, Nelson lo usaba como castigo por haber ofendido a Romina.

El asistente, como si tuviera un poco de compasión, añadió:

—El señor Nelson también dijo que, si usted no quiere ponerse el vestido ni ir, no hay problema. Solo que su maestra Arce tendrá que pasar un mal rato.

Gisela cerró los ojos con fuerza.

Sus puños se apretaban y aflojaban, una y otra vez, luchando contra sí misma.

Por fin, después de un largo silencio, habló.

—Está bien, acepto.

Trató de sonar decidida, pero su voz salió ronca, quebrada, como si se le hubiera atorado en el pecho.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza