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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 706

Pedro la miró fijamente, y tras unos segundos, soltó una risita entre dientes. Con el pulgar, acarició la quijada de Romina, como midiendo su reacción.

—Romina, tantos años sin vernos y mírate nada más, hasta valor te salió.

El color se le fue del rostro a Romina. Lo que Pedro dijo, para ella, sonó más a reproche que a cualquier otra cosa. Sintió como si la estuviera juzgando, como si su error fuera imperdonable.

Tomó aire, la voz apenas le salía.

—Pedro, se me nubló la cabeza, por eso hice lo que hice. Te juro que no volverá a pasar, de verdad. Por favor, créeme, ya entendí mi error.

La súplica se le escapó sin poder contenerla. Pedro la observó unos segundos más y, de repente, se le dibujó una sonrisa en los labios.

—Romina, ¿de veras eres así de ingenua?

Ella se quedó descolocada, sin entender.

—¿Qué dices?

Pedro retiró la mano, dejando que el aire cortara la tensión entre ambos.

—Sí, la verdad, en esto sí actuaste como una tonta.

Romina apretó los labios, aguantando las ganas de decirle algo más. No se defendió, solo bajó la mirada.

Pedro continuó:

—Pero no tienes por qué disculparte conmigo.

Ella levantó la mirada, confundida. Pedro la miraba de frente, la voz baja y pausada.

—Te lo dije antes: conmigo no necesitas pedir perdón.

¿Y qué era eso de amar a alguien? Pedro no tenía claro cómo lo sentían los demás, pero para él, amar era aceptar todo de la otra persona. Lo bueno, lo malo, lo dulce, lo amargo. La bondad, el orgullo, la ternura, hasta la mezquindad, la envidia y la oscuridad.

Desde hacía años, incluso antes de enamorarse de Romina, Pedro ya sabía que ella era capaz de todo por conseguir sus objetivos. No le temblaba la mano para hacer lo que fuera necesario, ni siquiera si tenía que dejar atrás a su propia hija.

Para la gente, Romina era el ejemplo de todo lo que está mal. Pero para Pedro, ella era y seguiría siendo la mujer que amaba.

Aunque Romina lo hubiera abandonado, aunque hubiera dejado a su hija, él seguía queriéndola, aceptándola con todo y sus sombras. Incluso sabiendo que ella ya tenía esposo e hijo, él no podía dejar de buscarla.

Así que, para él, lo que había pasado no era algo imperdonable.

A Romina se le llenaron los ojos de lágrimas de golpe.

—Pedro…

Pedro le desordenó el cabello con la mano y de pronto soltó una carcajada.

—Romina, no te emociones tan rápido. Claro que te puedo ayudar, pero como antes, con condiciones.

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