Cristóbal escuchaba la voz de Gisela y soltaba una risa ahogada, casi burlona.
—A mí me gustan las chicas como tú, pura dinamita. Ya verás, en cuanto te relajes, dejarás de pelear.
La fuerza de Cristóbal era abrumadora. Gisela no tenía ni la más mínima oportunidad de resistirse; sus manos y pies estaban atrapados, y una ola de desesperación la envolvía por completo.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Te lo suplico... puedo encontrarte otra chica, la que tú quieras.
Ese lugar, Burbuja de Euforia, estaba lleno de mujeres de todo tipo.
—Pero yo solo te quiero a ti —soltó Cristóbal, sujetándole las muñecas, con los ojos llenos de deseo y una intención de posesión que Gisela reconocía demasiado bien. En su mirada ardía una pasión intensa, imposible de ignorar.
En su vida pasada, Nelson no dejaba de repetir lo mucho que la despreciaba, pero al final terminaba atrapado en su propia obsesión por su cuerpo.
Aunque Nelson nunca dejaba que sus emociones se le notaran como Cristóbal, Gisela siempre podía ver el deseo en sus ojos en aquellos momentos.
De repente, se sintió completamente perdida.
...
En otra parte del club, en uno de los privados, Romina no podía evitar sentirse inquieta.
Tal vez para otros todo parecía normal, pero ella lo notaba.
Desde que Cristóbal se llevó a Gisela, Nelson había estado extraño, como si algo le molestara por dentro.
Romina pensó que antes de que Nelson se arrepintiera de haber dejado ir a Gisela, sería mejor que ella misma se mostrara comprensiva y sugiriera traerla de vuelta. Así, podría lucir su lado amable y generoso frente a él, antes de que fuera demasiado tarde.
Si Nelson llegaba a sentirse culpable o a tener cualquier sentimiento hacia Gisela por lo que había pasado, Romina sabía que después ni llorando iba a encontrar consuelo.
Romina se colgó del brazo de Nelson y, en tono suave, tanteó el terreno.
—Nelson, ¿quieres que vaya por Gisela para que regrese?
—Mira, ya sé que Gisela cometió un error, pero al final de cuentas es solo una estudiante de preparatoria. Asustarla un poco está bien, pero no hay necesidad de llegar tan lejos.
Nelson bebió un trago, girando despacio el vino en su copa.
Habló con un tono seco, casi indiferente.
Se había preocupado demasiado por nada.
En los ojos y el corazón de Nelson, ella era la única.
Romina le sonrió tímidamente.
—Bueno, como tú digas, yo hago lo que quieras.
Pero poco después, Nelson sacó su celular y, con voz tranquila, dijo:
—Voy a salir a hacer una llamada.
El gesto de Romina se quedó congelado un segundo, pero rápido se recuperó y le sonrió como siempre.
—Está bien, ve, aquí te espero.
En cuanto Nelson se alejó, la sonrisa de Romina desapareció de inmediato.
Era la primera vez que Nelson, estando con ella, salía para hacer una llamada.

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