Ahora tenía que disculparse con esa mujer.
Conteniendo una oleada de vergüenza, Gisela abrió la boca, sintiendo la garganta áspera.
—Perdón, fui yo quien se equivocó, vengo a pedirte disculpas.
Sin necesidad de mirarse, Gisela sabía perfectamente lo humillante y duro que era ese momento para ella.
Romina esbozó una sonrisa satisfecha.
—No pasa nada, acepto tus disculpas.
Nelson ni siquiera la miró, solo soltó un breve —Ajá.
A Gisela no le gustaba Cristóbal, de hecho, hasta le molestaba su cercanía. Pero en ese instante, deseaba con todas sus fuerzas que él la sacara de ahí.
Apresurada, regresó junto a Cristóbal, forzando una sonrisa en su cara, aunque su voz aún temblaba.
—Llévame, por favor.
Cristóbal, complacido, se puso de pie y la abrazó por los hombros.
—Bueno, señor Nelson, me llevo a Gisela. La noche es corta, así que vamos a aprovecharla.
Apenas terminó de hablar, en el privado estallaron carcajadas y silbidos de todos los presentes.
Nelson ni levantó la cabeza.
—Ajá.
Con la sonrisa aún más amplia, Cristóbal salió del salón con Gisela tomada del brazo.
Gisela sentía el cuerpo tenso, imposible de relajarse. Mientras avanzaba junto a él hacia la zona de descanso, la respiración comenzó a fallarle. De pronto, se detuvo en seco, apretando la tela de su falda con ambas manos.
—Señor Cristóbal...
El aliento de Cristóbal olía a alcohol, y Gisela estuvo a punto de vomitar por la repulsión. Él parecía tener todavía algo de paciencia, porque se giró y, con un dedo, levantó su barbilla.
—¿Qué pasa?
Gisela estaba pálida.
—¿A dónde quiere llevarme?
Cristóbal avanzó rápido, le rodeó la cintura con el brazo y la levantó sobre el hombro. Caminó hasta la habitación más cercana y abrió la puerta de una patada.
Todo giraba, y antes de que pudiera reaccionar, Cristóbal la arrojó sobre la cama.
El colchón era blando, pero el impacto la dejó aturdida, la cabeza mareada.
Gisela no se quedó quieta. Antes de abrir los ojos, ya estaba luchando por arrastrarse fuera de la cama.
Cristóbal fue más rápido y se abalanzó sobre ella, sujetando con fuerza su cintura desnuda mientras su respiración sonaba cada vez más pesada.
—¿Qué te pasa? Vienes hasta Burbuja de Euforia y ahora quieres hacerte la santa.
—Con ese vestidito, ¿a poco no viniste buscando lo mismo? Hoy vas a saber lo que es bueno conmigo, después no vas a poder sacarme de tu cabeza.
Gisela sintió que iba a vomitar, forcejeando desesperada.
—¡No! ¡No me toques!
—¡Aléjate! ¡No me toques!

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