Gisela tomó los documentos que tenía sobre las piernas, los guardó con cuidado y le habló con voz suave:
—Si no confías en estos papeles, puedes investigar por tu cuenta. Puedo esperar.
Saúl siguió en silencio, sin decir palabra.
Gisela lo miró de reojo y continuó:
—En resumen, Rubén quería que sus hermanos estudiaran en el extranjero, pero no tenía cómo mandarles. Por eso, Romina le puso esa condición: que la ayudara en sus planes. Así fue como Rubén terminó diagnosticando mal a la abuela de Alejandra a propósito, obligando a Alejandra a quedarse a su lado para usarla como su asistente y que le compusiera las piezas de piano.
—Ya entendí.
La voz de Saúl sonó tan ronca que casi daba miedo.
No necesitaba investigar nada.
Él mismo había presentado al intermediario para que Romina pudiera abrir ese fondo en Santa Clara.
Nunca supo exactamente para qué lo quería Romina. Solo sabía que si ella le pedía algo, él lo hacía.
Gisela lo observó, su mirada se suavizó apenas un instante.
El semblante de Saúl era un desastre: labios apretados, las cejas fruncidas formando una arruga profunda, la angustia y el dolor se le notaban hasta en los gestos más pequeños. Parecía que toda la rigidez y el orgullo de aquel doctor impecable se desmoronaban en ese instante.
Ni siquiera alguien tan firme como Gisela podía seguir diciendo cosas que lo lastimaran más.
Así que prefirió quedarse callada.
Saúl se quedó mirando al frente, perdido, con la mente revuelta por los recuerdos de Romina cuando era niña.

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