Gisela escuchó de pronto el sonido de un sollozo. Se quedó inmóvil por un instante, sorprendida, y giró la cabeza para mirar a Saúl.
Saúl estaba inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas y las manos cubriéndole el rostro. No se le veía la expresión, pero sus hombros temblaban y las lágrimas se escurrían entre los dedos.
Gisela se quedó observándolo, perdida unos segundos, hasta que al fin sacó unas cuantas servilletas del paquete que tenía en el carro y se las ofreció.
—Toma, límpiate un poco.
Saúl las aceptó y se las pasó por la cara sin mucha coordinación, apenas secándose.
Gisela calculó que eso no iba a ser suficiente, así que le pasó el paquete completo de servilletas.
Saúl lo rechazó con un gesto.
—No es necesario.
Su voz se quebraba, arrastrando todavía un dejo de llanto, aunque ya se notaba que estaba recuperando la calma.
Gisela guardó las servilletas, incómoda, y tosió bajito para romper el silencio.
No pasó mucho antes de que Saúl lograra componerse. Se enderezó en su asiento, respiró hondo y habló con determinación.
—Llévame al hospital. Quiero ver a la abuela de Alejandra una vez más.
—Está bien —respondió Gisela sin dudar.
El departamento de Saúl quedaba bastante lejos del hospital donde estaba internada la abuela de Alejandra. El viaje requería más de media hora en carro.
Durante todo ese trayecto ninguno de los dos tuvo ánimos para platicar. El ambiente se volvió tan silencioso que lo único que rompía la calma era el sonido de los claxon y el murmullo de la ciudad tras las ventanas.
Apenas habían pasado unos cinco minutos cuando el celular de Gisela sonó.
Era una llamada de Xavier. Sin preocuparse de que Saúl estuviera a su lado, Gisela tomó el teléfono y contestó.
—¿Qué necesitas?
La voz de Xavier sonaba molesta.
—Acabo de hablar con tu secretaria y me dijo que hoy no tenías nada programado. ¿Dónde andas?
—Estoy ocupada con lo de Romina —explicó Gisela—. Si tienes algo que decirme, suéltalo. Voy manejando y no puedo alargarme.
—Vaya, con esa respuesta te salvaste —reviró Xavier—. Pensé que apenas llegué y ya te aburriste de mí, que andabas buscando a otro hombre.
Gisela notó que Saúl la miraba de reojo, así que respondió resignada:
—¿Qué cosas dices? No inventes.

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