No era un interés romántico, sino una admiración genuina por la inteligencia.
Aunque la plática entre ellos no había sido demasiado extensa, y Patricio sabía cuándo detenerse, Gisela tenía claro que las ideas de Patricio sobre el mundo digital iban mucho más allá de lo que él dejaba ver.
Ese descubrimiento le despertó a Gisela el deseo de seguir conversando con él.
Y, en los ojos de Patricio, Gisela también percibió el mismo impulso.
La charla entre ambos se volvió cada vez más natural, y el ambiente en el privado se transformó, volviéndose mucho más agradable.
En pocos minutos, los platillos llegaron a la mesa. Los dos guardaron silencio y se dedicaron a comer tranquilamente.
A mitad de la comida, Patricio levantó la mirada de pronto y preguntó:
—¿Acaso la comida no es de tu agrado? Has probado muy poco.
Él había notado que Gisela solo comía los platillos que ella misma había pedido, y de los que él había elegido, apenas y los tocó, solo probó un bocado y nada más.
—No es eso —explicó Gisela—. Hace poco tuve un accidente de carro y acabo de salir del hospital. El doctor me recomendó comer ligero para recuperarme.
Patricio de inmediato se sintió apenado.
—Perdón, no lo sabía.
—No te preocupes, con esto tengo suficiente —respondió Gisela, quitándole importancia al asunto.
Patricio la observó un momento y, de repente, con voz seria, dijo:
—Esta vez no lo olvido.
Gisela se detuvo, le regaló una sonrisa y bajó la mirada para seguir comiendo.
Ninguno de los dos tenía gran apetito, así que pronto dejaron los cubiertos a un lado.
—Ya es hora de regresar —dijo Gisela, echando un vistazo al reloj—. Señor Patricio, ¿puedo invitar yo esta vez?
Patricio negó con la cabeza.
—No hace falta, esta vez yo pago.
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