El sonido metálico del choque reverberó en el aire caliente de la avenida. Anaís, aún sin dominar por completo la vieja bicicleta, había calculado mal la velocidad y terminó impactando contra un reluciente automóvil. El asfalto ardiente recibió su caída, dejando un doloroso recordatorio en su rodilla expuesta. Una mueca de dolor atravesó su rostro mientras intentaba incorporarse.
Un hombre de traje impecable emergió del vehículo, su rostro contorsionado por la indignación.
—¡¿Qué te pasa?! ¿Acaso no sabes manejar esa cosa? ¡Mira lo que le hiciste a mi carro! —bramó, señalando la carrocería del Maserati, donde una marca delataba el impacto.
El corazón de Anaís se aceleró al reconocer el emblema del tridente. Los diez mil pesos que llevaba consigo parecían una suma ridícula ante semejante percance. Una multitud comenzaba a formarse alrededor de la escena, sus murmullos mezclándose con el rugir del tráfico.
El dueño del Maserati la sujetó bruscamente por la manga de su blusa.
—O pagas los daños ahora mismo o llamo a la policía.
Anaís cambió el peso de su cuerpo, buscando alivio para su rodilla lastimada.
—¿Aceptaría diez mil pesos? —preguntó, consciente de lo absurdo de su oferta.
La cara del hombre enrojeció hasta las orejas.
—¿Te estás burlando de mí o qué?
El sol de mediodía caía implacable sobre la escena. Gotas de sudor perlaban la frente de Anaís mientras evaluaba sus escasas opciones. Fue entonces cuando una figura se aproximó con paso decidido.
—Permítanme intervenir —dijo un joven de porte elegante—. Llamemos a tránsito y arreglemos esto como se debe. Yo me hago cargo del pago.
El dueño del Maserati, que había estado a punto de estallar nuevamente, se contuvo al observar el vehículo del recién llegado: una edición limitada que destacaba entre todos los automóviles de San Fernando del Sol. Su actitud cambió instantáneamente.
—Mejor dejémoslo en diez mil. Haz la transferencia y aquí no pasó nada.
Lucas, que así se llamaba el joven, realizó el pago sin demora y se dispuso a retirarse, pero Anaís lo detuvo. La luz del sol delineaba su silueta atlética, enfatizando la esbeltez de su figura en la ropa deportiva. El pequeño lunar en la punta de su nariz contrastaba con la severidad de sus facciones.

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