¡Bip! ¡Bip, bip!
Sebastián alcanzó a Clara con el coche. Tocó el claxon varias veces, pero la mujer no reaccionó.
Bajó la cabeza y aceleró el paso.
Sebastián frunció el ceño, frenó en seco, abrió la puerta y, en un par de zancadas, la alcanzó.
—¡Sube al coche!
—¡Me mareo, tengo náuseas, quiero caminar un poco!
Clara se soltó de su agarre. Tenía que admitir que hacerse la tonta no era tan fácil.
Las miraditas entre Sebastián e Isabela en el comedor y la complicidad de toda la familia le habían revuelto el estómago.
¿Cómo se podía controlar el amor tan fácilmente?
¿Cómo se podía soltar y perdonar de un momento a otro?
La razón le decía que se distanciara, pero emocionalmente era una cobarde.
No podía mantener la calma.
Estaba intentando desengancharse, curarse, ¿pero no podía él simplemente desaparecer de su vista?
—¡Suéltame! ¡No me toques! —se revolvió con fuerza.
Sin embargo, al segundo siguiente, sus pies se despegaron del suelo. Sebastián, sin decir una palabra, la había cogido en brazos.
Con una actitud autoritaria, la metió en el asiento del copiloto, le abrochó el cinturón y cerró la puerta de un portazo.
En el silencio del coche, solo se oía la respiración agitada de ambos.
—Clara, ¿a qué viene todo esto?
Tras un largo rato, fue Sebastián quien rompió el silencio.
Clara, con el rostro impasible, miraba por la ventanilla, sin ninguna intención de hablar.
Sebastián apretó el volante, con los nudillos marcados. Su atractivo rostro se ensombreció con una evidente impaciencia.
Clara mantuvo la cabeza girada, sin molestarse en prestarle atención.
Sebastián, irritado, se aflojó la corbata, le agarró la muñeca y la obligó a girarse.
—¡Cla-ra Ri-ve-ra!
Clara se volvió, y Sebastián se quedó sin aliento.
El rostro de la mujer estaba pálido, sin una gota de color. Sus ojos oscuros y almendrados parecían cubiertos por una neblina que ocultaba sus emociones.
Sin embargo, tenía los ojos enrojecidos, y el rabillo ligeramente levantado estaba teñido de un rosa frágil.
Era evidente que estaba conteniendo las lágrimas, pero a él le pareció que estaba a punto de romperse.
El corazón de Sebastián se encogió de dolor. Su rostro se llenó de inmediato de desconcierto y pena.
Clara se revolvió. —¡Suéltame! ¿Que a qué viene esto? ¡Estoy herida, me duele todo el cuerpo y no puedo ni enfadarme un poco?

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