—Elio, ya puedes venir a cenar.
Simona acomodó la cena en la mesa. Elio caminó hacia allí arrastrando los pies, vio la comida y murmuró en voz baja:
—No se ven como las que hace mi tía.
—Pruébalas, tal vez te gusten —intentó decirle Simona con toda la paciencia del mundo.
Elio dio un par de bocados y soltó el tenedor:
—Ya me llené.
—Come un poco más, te dará hambre en la noche.
—No quiero. —Elio saltó de la silla—. Quiero esperar a que vuelva mi tía.
Simona sintió que le palpitaban las sienes. Respiró profundo:
—Elio, ¿no te gusta estar aquí con mamá?
El niño la miró a los ojos de forma directa e inocente:
—Pero es que mi tía me cuenta historias divertidas sobre cómo funciona el cerebro y cómo late el corazón. Tú, mamá, solo sabes decirme que esperemos a que vuelva papá para preguntarle.
Simona tembló de impotencia, dándose cuenta de que no tenía forma de rebatirle, ni siquiera sabía qué decirle.
***
La noche avanzaba silenciosa. Acostado en su cama, Elio ya se había quedado dormido.
Su cuerpecito estaba acurrucado bajo una manta con estampados espaciales, y a la luz de la lámpara de noche, su carita lucía sumamente tierna.
Simona observaba su perfil, sintiendo una punzada de ternura y nostalgia en el corazón. Antes de cumplir los tres años, Elio siempre dormía con ella. Se aferraba a aquel cuerpecito regordete que desprendía tanto calor como una estufa pequeñita. A medianoche solía quitarse las sábanas de una patada y, a veces, lloraba sin consuelo. Simona tenía que despertarse varias veces para arroparlo y arrullarlo hasta que volviera a dormirse. Si alguna vez le daba fiebre, pasaba toda la noche en vela a su lado.
En aquella época, aunque terminaba exhausta física y mentalmente, era feliz.
Pero ahora...
—¡¿De verdad?! ¡Qué bueno!
Simona asintió:
—Ve a lavarte la cara, mamá va a preparar el desayuno.
Elio se arregló rápido por su cuenta y se sentó a la mesa. Aunque el desayuno que preparó su mamá no era de su agrado, se lo comió lo más rápido que pudo.
—Mamá, ¿a qué hora nos vamos?
Simona le envió un mensaje a Julián avisándole que ya estaban listos. Julián respondió enseguida: [Habitación 312.]
Una hora después, Simona y Elio llegaron al hospital.
Los pasillos del Hospital Universitario Karolinska eran amplios y luminosos, y el aire olía a desinfectante. Simona, llevando a Elio de la mano, siguió los carteles hasta la habitación 312. Era un cuarto VIP, y la puerta estaba entreabierta. Justo cuando Simona iba a tocar, escuchó la voz de doña Domitila desde adentro, sonando excepcionalmente dulce:
—Clara, cariño, esa arpía ya casi llega. ¿Por qué no te escondes un rato? Yo me encargo de ella.

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