De repente, toda su preocupación se desvaneció y pareció que la mitad de todos sus problemas se hubieran resuelto en una simple conversación.
Una simple y sincera conversación.
Al ser abrazada por Ethan, se dio cuenta de que debería haber seguido su instinto desde la primera vez que pensó en contarle la verdad.
¿Cuántos problemas podría haber evitado?
La verdad libera.
Esa frase vino a su mente cuando acababa de salir de la capilla, y era realmente lo que necesitaba para que todo se resolviera.
¿Habrá sido esa frase la señal divina que tanto pidió en oración? Por fe, creyó que sí.
Después del abrazo, Ethan se levantó, recomponiéndose. Volvió a colocarse cerca de la cuna donde Ava dormía.
—Debería haberme fijado más en ella, ya que su nariz es idéntica a la mía —comentó mientras observaba a la bebé.
—No digas eso, su nariz se parece a la mía —replicó ella.
—No puedo imaginar la cara de mi madre cuando sepa de su existencia —comentó animado.
—Por lo que pude notar en los minutos que conversé con ella, creo que la amará mucho.
—No tienes idea.
Pensar en cómo las cosas oscilan resultaba extraño.
Hace algunos días, estaba llorando porque la abuela de Ava se había ido, dejándola sola. Ahora, además de un padre que parecía amarla mucho, ganaría abuelos que seguramente se alegrarán al saber de su existencia.
Todo lo que quería era la felicidad de su hija, y si Ethan estaba dispuesto a eso, no necesitaba nada más.
—Quiero resolver esto de una vez —dijo él.
—¿De qué estás hablando? —preguntó ella.
—Sobre la paternidad de Ava, no quiero que sea una niña que no tenga el nombre del padre en el registro de nacimiento.
—No necesitas preocuparte por eso —comentó rápidamente.
—¿Por qué no? —se extrañó por su comentario.
—No quiero que pienses que estoy intentando aprovecharme de ti o de tu situación económica.
—Para con eso, Rafaela —pidió.
—No, no voy a parar —insistió. —No me olvidé de lo que me dijiste la última vez que conversamos en tu oficina.
—Aquello fue otra situación, yo no sabía que ella era mi hija.
—Dijiste eso porque pensaste que yo era una aprovechadora —comentó, recordando cada palabra.
—No quería decir eso —intentó explicarse.
—Dices que no quieres decir muchas cosas, pero terminas diciendo, olvidándote de que del otro lado hay alguien con sentimientos.
—Lo siento —se disculpó.
—Solo quiero que sepas que mi única intención es ver a mi hija bien, no estamos detrás de tu dinero.
—Lo sé —respondió.
—Y para garantizar eso, no necesitas registrarla —comentó. —Así te aseguras de que nada tuyo sea tomado.
—No me preocupa eso, ¿me oyes? Solo dije aquello por ser lo que deduje en ese momento —explicó. —También dejé claro aquel día que me había sorprendido con tu pedido, porque jamás imaginaría algo así viniendo de ti —continuó. —Mi error fue no dejarte explicarte.
—Queriendo o no, es en esos momentos cuando terminamos descubriendo lo que las personas realmente piensan de nosotros.
—¡Yo no pienso así de ti, lo juro! —se acercó. —Sé que no quedaste embarazada porque quisiste y sé que no eres ninguna interesada.
—No me importa lo que pienses ahora, solo estoy diciendo esto para dejar bien claras mis intenciones.
—Ella es mi hija y tiene derecho a todo lo que sea mío. Haré todo correctamente, asumiré mis responsabilidades; te prometo que nunca tendrás que reclamar por eso.
Ver cuán dispuesto y entusiasmado parecía para afrontar la paternidad la dejó contenta.
De todas las reacciones que esperaba, jamás imaginó que Ethan sería tan solícito, aceptándolo todo de buena manera.
—No necesitamos hablar de eso ahora —dijo cansada. —Voy a pedir que el médico venga a verla otra vez, porque quiero volver a casa.
Dejando a Ethan allí con la hija, Rafaela salió de la habitación un poco más aliviada por alejarse de aquella tensión.
Todo estaba ocurriendo tan bien que empezó a desconfiar.

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