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Destinos entrelazados: una niñera en la hacienda romance Capítulo 206

Hubo un murmullo entre los invitados.

— Sí, es exactamente lo que oyeron: ¡estamos embarazados!

En una mezcla de emociones, ambos dijeron «sí» en el altar. Poco después de oficializarse la boda, una banda comenzó a tocar una canción.

Aurora escuchaba las palabras de su amiga y lloraba de felicidad, hasta que sintió una patada en la espinilla. Sorprendida, miró hacia abajo y vio a Alice mirándola con cara de pocos amigos.

— ¿Ves, Rora? ¡Tú no sabes nada! — Una vez más le sacó la lengua a su hermana, sin perder la oportunidad de burlarse.

— Está bien, sabelotoda, esta vez tenías razón. Perdóname por no haberte escuchado — pidió Aurora.

— Te perdono con una condición — chantajeó.

— ¿Y cuál sería?

— Déjame comer esos dulces de allá — señaló la mesa.

— Está bien, señorita, pero ve con calma, porque si no te dolerá la barriga.

Aurora vio a Alice correr hacia la mesa de dulces.

— Parece que ustedes dos se reconciliaron, ¿eh? — Oliver se acercó a su esposa.

— Sí, pero imagina una niña con personalidad difícil…

— Con certeza, salió a alguien — río él.

— ¿Cómo? ¿Estás diciendo que salió a mí?

— Claro, ¿o ya olvidaste cómo eras cuando llegaste aquí?

— Ah, pero tú tampoco ayudaste mucho, al principio — explicó ella.

— Qué bueno que no desistimos el uno del otro — la abrazó, recordando cuán afortunado se sentía por tener a esa mujer a su lado.

— Te amo, Oliver, te amaré por siempre…

Cuando Alice corrió a buscar los dulces, fue hacia donde estaba la novia para abrazarla y felicitarla formalmente.

— Tía Dê, traje este dulce para usted — dijo mientras abrazaba a Denise.

— Gracias, mi amorcito. Estaba con muchas ganas de comer algo dulce.

— Qué bueno que va a tener una niña, tía. Estoy muy feliz.

— Yo también, mi linda, muy feliz de verdad.

Alice abrazó también a Saulo.

— Tío, felicidades.

— Gracias, Alice, y gracias por todo lo que hiciste por Denise.

Se llamaría Elisa. Ese fue el nombre que eligieron, y uno de sus significados era «promesa divina».

— Qué suerte la nuestra, moñitos no faltarán.

— Y mira lo que hizo la tía Lucía — mostró una manta toda hecha de croché.

— ¿Qué crees que nos falta? — preguntó Saulo, observando los delicados dibujos en las paredes del cuarto.

— Solo falta ella — acarició la barriga.

Él se acercó al vientre de Denise, que ya estaba enorme. Acababa de completar 39 semanas.

— Ella vendrá a su debido tiempo — respondió Saulo, besando la barriga de su esposa.

Cerraron la puerta del cuarto y fueron a acostarse.

Ya era de madrugada cuando Denise despertó, sintiendo algo extraño.

— Saulo — despertó al marido. — Creo que llegó la hora.

— Cinco minutitos, más… — respondió medio dormido, dándose la vuelta.

— ¡No entendiste! ¡Es hora de que Elisa nazca!

— ¿Qué? — En menos de un segundo, Saulo ya estaba de pie.

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