Ximena tomó aire profundamente, levantando la vista hacia el cuello del hombre frente a ella.
Observó el patrón de su corbata, sus colores.
Qué alivio...
El cuerpo tenso de Ximena se relajó por completo.
El color era distinto, el diseño era distinto.
Menos mal que no era él...
Lo sabía. Una inútil de lo peor como Jazmín jamás podría seducir a Patricio.
Incluso si se desnudara frente a él, Patricio solo sentiría repulsión por ella.
—Patricio, ¿cómo es que de pronto vienes a la casa?
Aunque estaba aliviada, Ximena era desconfiada y no terminaba de soltar sus dudas, así que decidió sondear el terreno.
—Vine a prepararte una sorpresa.
El tono de Patricio fue calmado, su rostro inexpresivo.
No dejaba ver el menor resquicio de culpa.
Ximena suspiró aliviada y se arrojó a sus brazos:
—Creí que te habías olvidado de que mañana es mi cumpleaños.
Patricio habló con tono suave:
—¿Cómo iba a olvidarme de tu cumpleaños?
Luego miró a Omar:
—Ya que nos descubrió, ve a la habitación de la señorita y trae el regalo.
—Espera, vamos juntos. Me muero de ganas por ver el regalo.
Ximena todavía quería confirmar con sus propios ojos si el regalo realmente estaba en su alcoba.
Si estaba, entonces Patricio decía la verdad, después de todo, antes de salir de la casa no había ningún regalo allí.
Solo así se sentiría segura del todo.
Pero si no estaba...
Ximena le lanzó una mirada fugaz y discreta a Jazmín. Esperaba, de todo corazón, que solo fuera su paranoia.
Pero es que Patricio era demasiado perfecto: venía de una de las mejores familias, tenía un cuerpo envidiable, era guapísimo y su conducta era intachable.
Todos sabían que Patricio no era como los demás herederos adinerados de su círculo, que no hacían nada útil y se acostaban con cualquiera.
Había demasiadas personas codiciando a Patricio.
Proteger a Patricio de otras mujeres se había convertido en el instinto natural de Ximena.
—Entonces vamos juntos —dijo Patricio.
Al abrir la puerta, Ximena encontró, tal y como él había dicho, una caja sobre su tocador.
La abrió, y una chispa de felicidad brilló en sus ojos:
Patricio le tomó la mano:
—Estamos comprometidos, esto no es nada.
Los labios de Ximena se curvaron, y su rostro irradiaba felicidad.
Y justo en medio de tanta dicha, volvió a acordarse de Jazmín, preguntando a propósito:
—Jazmín, ¿el hombre de tu habitación ya se fue?
—¿Y si lo llamas? Así podemos conocerlo de una vez.
—Ah, ¿ese inútil? —Jazmín sonrió burlona—.
—Ya lo despaché, no servía para nada. Una decepción total en la cama, puro desperdicio de mi dinero.
Omar, que sabía la verdad, sintió que le temblaban hasta las rodillas.
¿Acaso la supuestamente miedosa señorita Jazmín estaba ofendida?
¿Por eso andaba esparciendo veneno sobre su jefe?
¿Cómo se atrevía a decir que un espécimen perfecto como su jefe, con su metro noventa y dos de altura, era una decepción en la cama?
A Ximena le encantaba pintarse como la hermana perfecta frente a Patricio, y al mismo tiempo, amaba aplastar a Jazmín sutilmente.
Tomó las manos de Jazmín con extrema dulzura:
—Jazmín, ya no eres una niña. Como tu hermana, te pido que te cuides, valora tu cuerpo, no andes metiéndote con cualquier vago de por ahí.

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