—Solo que no me gusta que intentes manipularme, ni que digas que lo haces por mí, mientras te lastimas a ti mismo —dijo Selena con firmeza—. Lo que realmente deseo es que te cuides, que estés bien y saludable para que puedas intentar conquistarme.
Óscar sintió un estremecimiento en el corazón. Levantó la mano para tomar la de ella, pero al final decidió no hacerlo.
—Sele, me alegra escuchar eso.
Selena sabía que había perdido. En esta vida se había enamorado de él, y no importaba si era lo correcto o no, ya estaba atrapada en un profundo pozo del que no podía salir.
—Sí, ganaste. Claro que estás feliz.
Óscar le dio unas palmaditas en la cabeza.
—No es esa felicidad de la que hablo. Si realmente te hubiera ganado, no estaríamos aquí platicando.
—Lo que me alegra es que me hables con sinceridad.
—Y haré lo que me pides.
Miró la montaña frente a ellos.
—Pero, ya que hemos subido esta montaña... —dijo, señalando el majestuoso pico—. Si mañana hay un mar de nubes, me perdonas esta vez por haber venido sin considerar mi salud para buscarte. Si no, puedes anotarlo y cuando me recupere, cobrarme como quieras. A menos que tengas otra idea.
Selena negó con la cabeza. Óscar siempre encontraba la manera de darle la ventaja.
Lo único que ella deseaba era que él volviera al hospital, que dejara de lastimarse por su causa. No podía cargar con esa responsabilidad.
—¿No vas a decir nada más?
—No, ya no.

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