El jefe de los secuestradores provocó a Camila a propósito.
—No soy la otra. La que no es amada es la otra. Si no me creen, ¡los que saldrán perdiendo serán ustedes!
Camila quería aprovechar la oportunidad para deshacerse de Isabel; así, Fernando sería solo suyo.
El jefe de los secuestradores se rio a carcajadas.
—¡Pues esperaremos a ver cuál de las dos vale más!
De repente, a Camila se le ocurrió una idea.
—Si no me creen, pueden atarnos por separado. Hagan que Fernando venga a rescatarnos al mismo tiempo y vean a quién salva primero. Entonces, la respuesta será obvia.
El jefe de los secuestradores comenzó a discutirlo con sus hombres.
—Lo que dice esta mujer tiene sentido. Deberíamos separarlas. Si Fernando las quiere a las dos, el dinero podría ser el doble.
—Sí, es lo mejor.
—Ustedes tres, llévense a esa mujer y contacten a Fernando.
En poco tiempo, Isabel fue trasladada a otro lugar.
Camila continuó negociando con el jefe de los secuestradores.
—Si se atreven a matar a esa mujer, les garantizo que, además de los cien millones que les dará Fernando, ¡yo les daré otros cien millones!
—¿Hablas en serio?
Los ojos de Camila brillaron con crueldad.
—¡Me robó al hombre que más amo, desearía que estuviera muerta!
—Bueno, las palabras se las lleva el viento. Déjame algo por escrito como prueba y te creeré.
El secuestrador le trajo papel y bolígrafo. Justo cuando Camila iba a escribir, dijo:
—Como mucho, les escribiré un pagaré.
Camila no iba a escribir lo que el secuestrador le pedía; de lo contrario, estaría cometiendo un delito de instigación al asesinato.
—No hay problema, con tal de que consigamos el dinero.
Camila extendió un pagaré a nombre de la señorita Cárdenas.
En el camino, Fernando recibió otra llamada.
Era la noticia del secuestro de Isabel.
Fernando se volvió loco.
—¡Fue Arturo Serrano, verdad!
—¿Arturo Serrano? No sé quién es. Yo solo lo conozco a usted, señor Montero. Su esposa está en mis manos. Más le vale traer el dinero a las diez en punto. De lo contrario, ¡ya sabe lo que le espera!

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