Desde que se casó con Fernando, él se había hecho cargo de los gastos médicos de su madre.
Fue ella la que, perdida en el sueño de un matrimonio perfecto que él había tejido, abandonó sus propias ambiciones para cuidarlo y darle hijos.
Ahora que su matrimonio se había hecho añicos, no tenía ni con qué negociar el divorcio.
Si hasta Fernando lo decía, su origen debía ser cierto. Pero ¿por qué su madre también le había mentido?
Isabel estaba hecha un lío. Podía ignorar todo lo demás, pero no podía abandonar a sus hijos. Sin embargo, en su situación actual…
Tenía que aguantar. En cuanto saliera del hospital, buscaría a sus hijos. Eran suyos, ¡y nadie se los iba a quitar!
Los días en el hospital se le hicieron eternos.
En cuanto le dieron el alta, tomó un taxi en la puerta y se dirigió al Hospital Pediátrico de la Ciudad. Después de preguntar un buen rato en el área de pediatría, se enteró de que Fernando ya se había llevado a los niños.
Inmediatamente fue a Villa del Lago, pero no había nadie en casa. En el dormitorio, encontró un sombrero y una bufanda, se cubrió bien y tomó otro taxi hacia La Casona Montero.
La puerta principal de la casona estaba cerrada. Isabel tocó el timbre durante un buen rato, pero nadie le abrió.
Doña Sofía no estaba en casa, y los empleados obedecían a Fernando. Seguramente él ya les había ordenado que no la dejaran entrar.
Pero no podía irse. Quería ver a sus hijos.
Si no estaban en Villa del Lago, tenían que estar en La Casona Montero.
Esperó una hora, pero nadie en la casa le hizo caso. No le quedó más remedio que llamar a Doña Sofía. Hacía un tiempo, para el aniversario de la muerte del abuelo, Doña Sofía había vuelto a su pueblo natal y todavía no había regresado.
Isabel no la habría contactado si no estuviera desesperada.
Doña Sofía se alegró muchísimo al recibir su llamada.
—Isabel, querida, tu fecha de parto ya está cerca. Ya reservé mi vuelo para esta noche. ¡Estoy ansiosa por volver para conocer a mis dos bisnietos!
La vista de Isabel se nubló.
Ya había dado a luz, y Fernando ni siquiera se lo había dicho a su abuela.
Con la voz quebrada, dijo: —Abuela… los bebés ya nacieron. Y Fernando no me deja verlos….
Los medios de comunicación cubrieron la noticia por todo lo alto, pero cuando él regresó, no le mencionó nada.
Ella había pensado que él lo había comprado para dárselo como regalo posparto, que quería darle una sorpresa.
Resulta que solo había sido una ilusa.
Isabel levantó la mano y miró el sencillo anillo de oro en su dedo anular. Sus ojos ardieron.
Cuando se casaron e intercambiaron anillos, Fernando le susurró al oído que ese era el anillo que había preparado para Camila, y que dárselo a ella sería una falta de respeto. Le prometió que más adelante le daría el suyo.
No fue hasta que quedó embarazada, y solo porque Doña Sofía lo presionó, que él finalmente le trajo el anillo de bodas prometido.
Aunque era sencillo y no muy caro, Fernando dijo que era un diseño de pareja que había elegido con esmero, y ella se sintió inmensamente feliz durante mucho tiempo.
Ahora, al mirar ese anillo, sentía una ironía amarga.
Isabel se quitó el anillo y lo arrojó a la basura.

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