Isabel no se atrevía a levantar la vista. Con voz suave, dijo: —Me la pongo yo misma.
Se moría de la vergüenza.
Su expresión tímida hizo que Fernando sintiera que esa versión de ella le pertenecía solo a él.
Solo él podía ser testigo de esa faceta suya.
Fernando no le dio la pomada. Se subió a la cama y levantó la manta que la cubría.
—Yo lo provoqué, yo lo arreglo.
—Fernando, no hagas esto.
Isabel se acurrucó, intentando proteger su cuerpo.
Fernando le agarró el tobillo, le estiró la pierna y luego la abrió.
Isabel sabía que no podía oponerse. Con el ceño fruncido, cerró los ojos. Su cuerpo estaba tenso, sus manos apretadas en puños. La vergüenza hizo que toda su piel se sonrojara.
Antes de aplicar la pomada, Fernando echó un vistazo y se dio cuenta de que su comportamiento había sido algo salvaje.
Estaba bastante mal, probablemente le costaría caminar.
Temiendo hacerle daño, sus movimientos fueron muy suaves, pero Isabel se encogió visiblemente.
—¿Te he hecho daño?
—Un poco.
—Seré más suave.
Fernando se acercó, aplicando la pomada con delicadeza por un lado y soplando suavemente por el otro.
El cuerpo de Isabel no pudo evitar temblar.
Esa postura y esos gestos.
Era una tortura exquisita.
Al día siguiente.
Cuando Isabel se despertó, Fernando ya no estaba.
Al levantarse, todavía sentía una ligera molestia entre las piernas. No pudo evitar recordar las imágenes de la noche anterior, y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
Se vistió y fue al baño a asearse. Fue entonces cuando su mente, hasta entonces nublada por la pasión, se aclaró de repente.
¿Cómo había podido acostarse con él tan fácilmente?
El arrepentimiento comenzó a inundar su corazón.
Se miró en el espejo y vio su cuello cubierto de marcas moradas y rojas.

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