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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 260

—¿Cuál es su problema? ¡Me siento perfectamente bien! —estalló Camila—. Solo voy a ir un rato a ver a mi hijo a mi casa. No me voy a poner a correr un maratón. ¡Quítese del camino!

La enfermera, que seguía estrictamente las instrucciones dadas por Fernando y su equipo médico, no se movió un milímetro.

—Señorita, su cuadro clínico es muy delicado y distinto al de los demás pacientes. Necesitamos monitorearla constantemente y administrarle medicación intravenosa en horarios exactos para prepararla para el quirófano. ¿Realmente está dispuesta a arriesgar su vida y sabotear la cirugía por una rabieta?

Esa advertencia la detuvo en seco. Por supuesto que no quería arruinarlo. Había esperado años por la oportunidad de curarse y tener una vida normal.

Los dolores y la debilidad la habían atormentado durante demasiado tiempo. Si no fuera por la devoción de Fernando, probablemente ya habría muerto.

Él le había dado esperanza. Y Camila sabía que, si recuperaba su salud, no habría excusas para que él no cumpliera su promesa.

Tragándose el veneno y la frustración, regresó a su habitación de mala gana.

"Isabel", pensó con resentimiento, "aprovecha ahora que estoy atrapada en esta cama. Porque en cuanto salga de este quirófano, me voy a asegurar de que jamás vuelvas a respirar el mismo aire que Fernando".

Camila juró en silencio.

Trató de calmarse imaginando su futuro: ella sana, casada con Fernando, durmiendo en sus brazos cada noche. Ese pensamiento la ayudó a soportar la impotencia del encierro.

Al mismo tiempo, en las cálidas playas, Isabel y Fernando paseaban por la arena cuando notaron una gran aglomeración de gente aplaudiendo. Movida por la curiosidad, Isabel tiró de la mano de él para acercarse.

En el centro del círculo, rodeados por decenas de velas acomodadas en forma de corazón en la arena, un joven estaba arrodillado. En una mano sostenía un enorme ramo de flores, y en la otra, un estuche de terciopelo abierto con un anillo brillando en su interior. Le estaba declarando su amor a una chica que lloraba de emoción.

Una banda local tocaba suavemente de fondo.

Tras pronunciar un discurso cargado de romanticismo que tenía a todos los presentes con el corazón en un puño, el muchacho hizo la gran pregunta:

—¿Te quieres casar conmigo?

La multitud estalló en gritos de ánimo.

—¡Dile que sí! ¡Que sí!

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