Camila no estaba dispuesta a rendirse ante Isabel en un momento tan crítico.
Mientras tanto, Isabel vivía inmersa en una burbuja de felicidad.
Esa noche, se quedó trabajando hasta tarde para ayudar a la abogada Quintana. Le envió un mensaje a Fernando avisándole que llegaría un poco retrasada, por lo que él decidió irse a casa primero.
Cuando Isabel por fin llegó a la mansión, Fernando ya se había bañado. Vestía una bata de dormir y estaba arrullando a los niños; lucía como el hombre de familia perfecto.
Isabel se acercó, besó la frente de sus pequeños y Fernando le sonrió.
—Sube a darte un baño caliente.
Asintió y se dirigió a la planta alta. Mientras se desvestía y tiraba su ropa al cesto, notó algo en la camisa de Fernando. Había una marca roja. Al levantarla, descubrió un beso perfectamente delineado en la zona del pecho.
Su rostro cambió de color al instante.
Fernando jamás permitía que otras mujeres se le acercaran de esa forma. A esa altura del pecho, solo un abrazo íntimo podía dejar una huella así. Y no había otra mujer en su vida más que Camila.
¿Acaso aún no podía dejarla ir...?
Cuando salió del baño, Fernando ya la esperaba en la habitación principal. Al notar la tensión en su rostro, le preguntó con preocupación:
—¿Te agotaste demasiado en el trabajo?
Isabel se quedó junto al sillón, manteniendo la distancia.
—Fernando, ¿a dónde fuiste hoy?
Él no intentó ocultarlo.
—Fui al hospital. Desde que volvimos de Cancún, Camila tuvo su cirugía de trasplante y no había ido a ver cómo estaba.
—¿Encontraron un donante compatible?
Isabel se sorprendió genuinamente. Tras tantos años de búsqueda, por fin lo habían logrado.
—Sí.
—¿Y cómo se encuentra?
—La operación fue un éxito. En unos días le darán el alta.

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