—¡Por supuesto que no! —respondió Doña Sofía de inmediato.
Dado el inmenso poder de la familia Solís y la amistad de toda la vida que las unía, Doña Sofía sabía que no podía ponerse del lado de Fernando.
Isabel los había visto revolcándose con Camila en la misma cama. Era evidente que esta vez no había forma de esquivar el divorcio. Antes, Fernando usaba su poder para retenerla, pero ahora las reglas del juego habían cambiado.
Si Isabel estaba decidida a separarse, los abuelos Solís pondrían todo el peso del sistema judicial sobre él para aplastarlo.
La única estrategia que le quedaba a Doña Sofía era mostrarse solidaria con Isabel y Doña Eliana. Tal vez así, ganándose el favor de la familia Solís, pudiera suplicarles en un futuro que ayudaran a mediar entre la pareja.
Fernando apretó los puños. Quería impedir que saliera a toda costa.
Pero tras la revelación pública del origen de Isabel, sabía que intentar frenarla por la fuerza sería un suicidio.
Era imposible enfrentarse a la maquinaria de la familia Solís. Javier era uno de sus mejores amigos, y Doña Eliana era como una hermana para su propia abuela.
Atrapado y derrotado, Fernando no tuvo más remedio que ver cómo Doña Eliana escoltaba a Isabel fuera de la habitación.
Las dos mujeres caminaron hasta la planta de cirugías de emergencia.
Al salir del ascensor, Doña Eliana divisó a Adrián Zamora. Su rostro se endureció.
—Dime una cosa, Isabel... El hombre que te salvó, ¿es el hijo de ese sujeto?
La mirada de la matriarca Solís estaba clavada en Adrián.
—Sí —afirmó Isabel—. Su nombre es Leonardo Zamora. Fuimos compañeros en la universidad.
En San Jacinto, muy poca gente conocía la verdadera identidad de Adrián Zamora, pero Doña Eliana estaba al tanto de todo. De hecho, lo había conocido en persona.
¡Con razón Fernando estaba tan paranoico y se negaba rotundamente a dejar que Isabel viniera a ver a su salvador! Eran medios hermanos.
Cuando Adrián Zamora vio aparecer a Isabel, no mostró ninguna sorpresa.
Ya se había entrevistado con la policía de tránsito y leído el informe del peritaje; estaba clarísimo que el auto de Leonardo había servido como un escudo humano para salvar a Isabel.
Lo que no cuadraba en la cabeza de Adrián era ver a la señora de la familia Solís acompañándola.

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