Con los ojos llenos de lágrimas, Isabel se negó a mirar atrás.
A Doña Eliana se le partió el corazón al verla así. Entendía perfectamente la encrucijada emocional de su nieta, pero los actos de Fernando eran suficientes para que cualquier mujer con dignidad exigiera el divorcio.
Esta vez, Fernando no hizo ningún intento de detenerla.
Se quedó allí, inmóvil, observando cómo Isabel subía al coche de la familia Solís.
En cuanto el vehículo desapareció de su vista, Doña Sofía perdió los estribos y dio un fuerte pisotón en el suelo:
—¡¿Acaso eres incapaz de tragarte el orgullo y pedirle perdón de rodillas?!
—¿Y de qué serviría ahora? —murmuró Fernando, resignado.
Volvió sobre sus pasos hacia la sala y, con infinita delicadeza, tomó en brazos al pequeño Ángel.
Esa acción solo logró avivar la furia de Doña Sofía.
—¡Mírate nada más! ¡Sabías que no había nada que pudieras decirle, y aun así tuviste el atrevimiento de traer a este niño a la casa! ¡Lo hiciste a propósito para humillar a Isabel!
Pero Fernando parecía sordo a sus reproches, concentrado únicamente en arrullar al bebé que descansaba en su pecho.
La anciana, presa de la desesperación, comenzó a caminar de un lado a otro como un león enjaulado.
—¡¿Es que no vas a hacer nada?! ¡¿Piensas quedarte de brazos cruzados esperando a que te llegue la demanda del juzgado?!
—Abuela, esta vez su decisión no tiene marcha atrás. Y yo... no quiero seguir asfixiándola. Solo lograré que me odie más.
Doña Sofía dejó escapar un largo suspiro. Era cierto, ya no había salida.
En el fondo, todo era culpa de la infinita estupidez de su nieto. Fue incapaz de cortar de raíz con esa víbora de Camila, y ahora Isabel, respaldada por el poder y la protección incondicional de los abuelos Solís, era intocable. Todas las sucias artimañas que él había usado antes para retenerla ya no le servirían de nada.
Pero el dolor de perderla era insoportable. Era la esposa perfecta, habían construido un hogar hermoso, y ahora, de la noche a la mañana, todo se estaba desmoronando.
—Ya que hemos llegado a este punto... dime la verdad, Fernando. ¿De quién es realmente Ángel?
Él le había jurado que el niño no era de Camila, pero la anciana seguía sin tener la menor idea de la procedencia del bebé.
—Es hijo mío... y de Isabel.
—¡¿Qué?!


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