La situación actual de Fernando era, sin lugar a dudas, extremadamente precaria.
Tener que lidiar con la crisis de la empresa mientras enfrentaba un inminente divorcio con Isabel era una bomba de tiempo.
Uno de los accionistas más veteranos tomó la palabra.
—Señor Montero, desde que usted decidió vender nuestro proyecto de vehículos autónomos, hemos estado esperando una explicación. A estas alturas, ya debería darnos alguna garantía, ¿no cree?
—Así es, señor Montero. Hemos respaldado al Grupo Montero durante años, pero esta vez nos tiene con los nervios de punta. Todos los aquí presentes hemos invertido una fortuna en este proyecto.
—Esperamos que hoy nos ofrezca una solución clara.
Los accionistas que se habían quedado y no vendieron sus partes tenían, comparativamente, menos quejas. Su permanencia era un testimonio de la fe que aún le tenían a Fernando.
Pero no compartían su temple de acero. Cuando el dinero y el estatus social estaban en juego, el miedo al fracaso era aterrador. Nadie que ha alcanzado la cima quiere volver a caer.
Si seguían confiando en Fernando era solo porque, en el pasado, él los había hecho inmensamente ricos.
—Abran sus teléfonos y revisen Pulso —dijo Fernando con frialdad—. La explicación que buscan está toda en las redes.
Los accionistas sacaron apresuradamente sus celulares y abrieron la aplicación.
Manuela hizo lo mismo. Al ver la confianza absoluta en el rostro de Fernando, sintió un hueco en el estómago. Había encontrado una salida.
Cuando todos vieron las noticias, quedaron estupefactos.

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