Al regresar a su oficina, Fernando echó un vistazo rápido a la bolsa de valores; las acciones del Grupo Montero subían como la espuma.
Por el contrario, las del Grupo Serrano ya estaban cayendo en picada.
En ese momento, el teléfono de Fernando sonó. Era Andrés Serrano.
—Hombre, ¿de verdad tenías que ser tan letal? —bromeó Andrés.
—Secuestró a mi mujer. ¿No crees que merecía pagar un precio? —respondió Fernando con frialdad.
Desde el primer instante en que Arturo había secuestrado a Isabel para extorsionarlo y obtener el proyecto, Fernando había preparado la trampa. Solo tuvo que esperar a que Arturo cayera en ella.
Andrés soltó una carcajada.
—Realmente no perdonas a nadie. De toda la gente con la que podía meterse ese idiota, tuvo que elegirte a ti. Prácticamente firmó su sentencia de muerte.
—¿Ya te contactó tu padre?
La expresión de Fernando se relajó un poco.
—Por supuesto. Estoy en camino a la oficina matriz.
—Felicidades.
Fernando sabía que, tras semejante golpe financiero, Don Augusto Serrano no tendría más remedio que destituir a Arturo. Para intentar salvar lo poco que quedara de la empresa y negociar una salida pacífica, el anciano tendría que enviar a Andrés a la mesa de negociaciones.
—Tengo que agradecerte por esto —admitió Andrés.
Si Fernando no hubiera asestado un golpe tan devastador, quién sabe cuánto tiempo más habría pasado antes de que Don Augusto, siempre protegiendo ciegamente a Arturo, le permitiera volver al frente del Grupo Serrano.
—Esto fue un ajuste de cuentas entre él y yo. No lo hice para hacerte un favor, así que no tienes nada que agradecer.
Andrés sonrió sin decir nada. Sabía que, aunque Fernando se hiciera el duro, esta jugada le había facilitado el camino inmensamente.

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