Los empleados de la familia Solís aún no estaban al tanto del inminente divorcio.
Como Fernando Montero siempre había sido tratado como un invitado de honor en la casa, le abrieron las puertas y lo invitaron a pasar sin reservas.
Al verlo entrar, el rostro de Don Ricardo y Doña Eliana se endureció de golpe.
Isabel, sin dudarlo un segundo, se levantó del sofá dispuesta a irse a su habitación.
Fernando avanzó a grandes zancadas y le bloqueó el paso.
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Don Ricardo y Doña Eliana se interpusieron entre ellos, ocultando a Isabel tras sus espaldas.
—¡Fernando Montero! ¿Qué te crees que vienes a hacer aquí? —rugió Don Ricardo—. ¡Escúchame bien, estás en la casa de los Solís, no permitiré que sigas pisoteando a mi nieta!
Doña Eliana lo fulminó con la mirada. —Todavía no hemos tenido tiempo de ir a cobrarte todas las barbaridades que le hiciste, ¿y tienes el descaro de venir a mi propia casa a intentar intimidarla?
—No es lo que piensan.
La expresión rígida de Fernando se suavizó ligeramente, adoptando un tono casi suplicante. —Solo vine a traerle algunas cosas a los niños.
Extendió las bolsas de regalos de lujo que llevaba en las manos.
Doña Eliana respondió con desprecio: —Mejor llévate tus cosas de vuelta y dáselas al niño que tienes en tu casa. En la familia Solís a mis bisnietos no les faltará absolutamente nada. Tienen la mejor ropa, comida y comodidades que el dinero puede comprar.
Doña Eliana sabía muy bien que la existencia de ese "otro niño" era una espina clavada en el corazón de Isabel.
Antes no sabían quién era Isabel y no pudieron protegerla, pero ahora, harían todo lo posible para que sintiera el refugio y el poder de su verdadera familia.
Una mujer que tiene a su familia de sangre dispuesta a ir a la guerra por ella es una mujer invencible.
—De verdad, no vine con malas intenciones.
A pesar de su ruego, los ancianos no retrocedieron ni un centímetro, negándole cualquier posibilidad de acercarse a Isabel.
Al ver que Isabel aprovechaba el momento para alejarse, Fernando, desesperado, gritó:
—¿No te interesa saber dónde está Adriana?

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