Doña Matilde y Doña Sofía, siendo de la misma generación, compartieron anécdotas con gran entusiasmo, riendo y poniéndose al día. Por su parte, Sebastián veía en Fernando a una mente maestra de los negocios, y la conversación entre ambos fluía con una química innegable.
Doña Sofía observaba la escena maravillada. Los mayores de ambas familias estaban encantados con la unión, creando una atmósfera de armonía perfecta. Si no fuera por la estupidez de Fernando y su incapacidad para valorar a Isabel, todo sería un cuento de hadas.
Isabel, por el contrario, no tenía nada que decirle a Fernando. Prefería quedarse a un lado atendiendo a los bebés antes que cruzar una sola palabra con él.
Notando su distanciamiento y temiendo que Isabel se sintiera ignorada, Fernando no dejaba de lanzarle miradas furtivas.
Sebastián, al ver la insistencia de Fernando, soltó una carcajada.
—La vigilas tan de cerca, cualquiera diría que tienes miedo de que te la robemos y nos la llevemos al extranjero.
Fernando esbozó una sonrisa impecable, educada pero magnética.
—La verdad es que sí, tengo un poco de miedo.
—No te preocupes. Verlos tan felices juntos me da mucha tranquilidad. Cuando tengan tiempo, no duden en visitarnos a la casa de la familia Sandoval.
Isabel escuchó las palabras de Fernando y observó su expresión. Sabía perfectamente que él era un maestro en leer a las personas. Tenía un físico imponente y un aura de frialdad aristocrática, pero cuando quería ganarse a alguien, sus ojos se volvían cálidos y su trato tan afable que resultaba imposible no simpatizar con él.
No importaba qué papel decidiera jugar, Fernando Montero exudaba un carisma arrollador.
Y ahora estaba usando todo ese encanto para ganarse el corazón de los Sandoval y evitar que ella se divorciara.
Pero Isabel no caería en su trampa.
Si los Sandoval supieran todo el infierno que él le había hecho pasar, ¿acaso sus sonrisas fingidas de hoy lograrían convencerlos?

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