Fernando ordenó a los sirvientes que llevaran a Doña Matilde y a Sebastián a las habitaciones de invitados para que descansaran.
Una vez que se aseguró de que estuvieran instalados, soltó un suspiro de alivio.
Ahora solo quedaba Isabel.
Isabel estaba guardando sus cosas a toda prisa, preparándose para llevar a los niños de regreso a la casa de la familia Solís. Doña Eliana ya la había llamado para preguntarle a qué hora volvería.
Fernando se acercó a ella lentamente.
—¿Qué estás haciendo?
—Ya es muy tarde, mi abuela me está esperando en casa.
Fernando extendió la mano, deteniendo los movimientos de Isabel y apartando las cosas que ella sostenía. La miró fijamente, con los ojos ardiendo de intensidad.
—Esta noche no irás con los Solís. Te quedarás a dormir aquí.
—¡No! —rechazó Isabel al instante.
Fernando arqueó una ceja, su tono era suave, casi persuasivo:
—Tu abuela y tu tío están aquí. Si mañana despiertan y ven que te has ido, pensarán cosas raras.
Isabel ya lo había soportado todo el día. ¿Acaso esperaba que también lo aguantara toda la noche?
Estaba a punto de perder los estribos.
—¡Lo hiciste a propósito, ¿verdad?! ¡Los emborrachaste para obligarme a quedarme!
La frialdad y el desprecio irradiaban de la mirada de Isabel.
Fernando bajó la mirada y, con una voz ronca que parecía más un murmullo íntimo, confesó:
—Desde que te fuiste... te he extrañado muchísimo.
Su voz siempre había sido profunda y atractiva, y ese tono cargado de anhelo y arrepentimiento lo hacía aún más tentador.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario