—Perdóname, me sobrepasé y no pensé en cómo te sentías.
El remordimiento hacia Fernando le pesaba demasiado, pero en su juventud ya había tomado una decisión. Ahora que tenía una nueva familia, no podía permitirse destruirla otra vez.
Al ver su arrepentimiento sincero, la furia de Renata se apaciguó un poco.
Al final del día, sabía que ese hombre la amaba. Renunciar a la riqueza y al prestigio no era algo que cualquiera hiciera por amor.
Por eso, Renata dejó de reclamarle.
Tras un largo momento en silencio, se separó de los brazos de Adrián.
—Mi amor, dime algo... ¿Tú crees que Leonardo está enamorado de Isabel?
—Leonardo es un hombre prudente, no te inventes cosas.
Adrián también tenía sus sospechas, pero sabía que era un amor imposible. Durante años le habían ocultado la verdad a su hijo, y si esa mañana decidió confesarle su parentesco con Fernando, fue justamente para matar cualquier ilusión en él.
Aunque Isabel se divorciara de Fernando, le había dado dos hijos. Esos niños eran, por sangre, los sobrinos de Leonardo.
La simple ética familiar le impediría manifestar sus verdaderos sentimientos.
—¿Cuáles cosas me invento? ¡Casi pierde la vida por ella!
—Tranquila, no lo hará. Hay que confiar en él. Siempre ha sido muy maduro; ahora que conoce la verdad, sabrá manejar sus sentimientos.
Adrián confiaba en la capacidad de aguante de su hijo.
—Dios te escuche.
Cuando Isabel llegó al estacionamiento, encontró a Fernando recargado en el auto, fumando.
Al notar la cantidad de colillas esparcidas en el piso, su mirada se endureció. —¿Has estado fumando todo este tiempo?
Fernando apagó el cigarro a medio consumir.
—Con una esposa que me controle, dejaría de hacerlo.

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