El repentino cambio de actitud de Fernando se debía a una información que le había proporcionado Giselle.
Hacía unos días, le había pedido a Giselle que investigara si había algún hombre con «Leo» en su nombre en el círculo de Isabel. La investigación los llevó a Leonardo Zamora. Fernando descubrió que, antes de casarse con él, Isabel estaba enamorada de Leonardo Zamora.
¡Vaya si lo había ocultado bien!
Decía que quería el divorcio, pero en realidad no quería divorciarse. Se quedaba en la casa de los Montero, congraciándose con su abuela, con la intención de que lo dejara sin nada. ¿Acaso estaba planeando dejarle el camino libre a Leonardo Zamora?
En cuanto Fernando entró en el dormitorio, cerró la puerta con llave.
La temperatura de la habitación descendió varios grados al instante.
Isabel lo sabía. Él cambiaba de humor más rápido que el viento.
Fernando se sentó en el sofá, cruzó las piernas y una aura de fría y noble hostilidad emanó de él.
—Señora Montero, ¿de qué quería hablar conmigo? Puede empezar.
Isabel intentó mantener la calma.
—Esta mañana, escuché a la abuela decir que las reglas de la familia Montero no permiten la infidelidad. Si uno de los cónyuges es infiel, se va sin nada.
Fernando apretó los labios. Así que ya lo sabía.
Isabel se humedeció los labios y dijo: —No me interesa el patrimonio de su familia. Solo quiero ser abogada. Y como usted quiere que le deje el camino libre a Camila lo antes posible, si me promete la custodia de los niños, puedo arreglar las cosas para que parezca que yo fui infiel. Me iré sin nada, y así usted podrá traer a Camila y a su hijo a casa. Total, usted ya tiene otro hijo, no creo que necesite pelear conmigo por la custodia de los nuestros, ¿verdad?
¡Solo quiere ser abogada, qué buena esa!
No era de extrañar que quisiera estudiar en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Jacinto y que, nada más graduarse, se presentara al examen de abogacía. Con su carácter tan dócil, no parecía hecha para ser abogada.
Leonardo Zamora era un año mayor que ella y también estudió en la misma facultad. Ella había renunciado a la prestigiosa Universidad Capital de Derecho para quedarse en San Jacinto. Todo parecía indicar que era por Leonardo Zamora. Él era fiscal, y ella abogada, una pareja perfecta.
Isabel, al ver a Fernando distraído y con la mirada perdida, lo llamó con firmeza: —¿Fernando?

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