Isabel intentaba autoconvencerse por todos los medios.
No volvería a sentir lástima por él.
Después de todo, él jamás la había sentido por ella.
Con estos pensamientos dándole vueltas en la cabeza, logró finalmente quedarse dormida.
Lo que ella ignoraba era que el auto de Fernando la había seguido de cerca. Y en ese preciso momento, él estaba parado en la acera, frente a su edificio.
Pensó que solo dejaría a Adriana y saldría para volver a su casa, así que se quedó esperando. Pero la madrugada avanzaba y ella nunca bajó.
Tras fumar un último cigarrillo, Fernando decidió irse.
A la mañana siguiente.
El timbre despertó a Adriana de golpe. Aún somnolienta, fue a abrir la puerta.
Era Fernando.
—¿Y tú qué haces aquí?
No le agradaba en lo más mínimo, pero estaba consciente de que él la había rescatado, así que no se atrevió a ser tan grosera.
—¿Isabel sigue durmiendo?
—Sí.
—Les traje el desayuno.
Fernando le entregó una bolsa y, sin decir más, dio media vuelta y se marchó.
Adriana se quedó pasmada viendo cómo se alejaba, con el desayuno en las manos.
¿Acaso de verdad no quería divorciarse?
Ay, qué ironía. Si tan solo la hubiera valorado antes, no estarían en este punto de quiebre.
Adriana dejó la bolsa en el comedor y fue a despertar a su amiga.
—¡Isabel, levántate a desayunar! ¡Pedí algo a domicilio!
Prefirió ocultarle la verdad sobre el desayuno para no arruinarle la mañana. Tras comer, Isabel planeaba regresar a la casa de la familia Solís y le pidió a Adriana que la acompañara.
Adriana también quería conocer a los famosos gemelos, así que sacó unos regalitos que les traía y se fue con ella.
Mientras tanto, al salir de allí, Fernando se dirigió a la estación de policía.

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