A ella le encantaba ese mundo cubierto de blanco; le daba una sensación de pureza, era la belleza que siempre anhelaba.
Isabel salió al balcón.
Copos del tamaño de plumas bailaban en el cielo, cayendo con gracia.
Si seguía nevando así, para la noche ya habría una buena capa de nieve.
Isabel bajó la mirada y vio que Fernando seguía en la puerta de su casa.
Estaba de pie bajo la nieve; su cabello y sus hombros ya estaban cubiertos por una fina capa blanca.
El corazón de Isabel dio un vuelco. ¡Estaba nevando y él aún no se iba!
De inmediato perdió las ganas de admirar el paisaje. Fernando, que no había quitado los ojos del segundo piso de la casa, sintió una cálida punzada en el pecho al verla aparecer en el balcón.
Ella aún se preocupaba por él.
Por eso había salido a comprobar si seguía allí.
Pero un instante después, Isabel volvió a entrar.
No sabía cuánto tiempo pensaba quedarse ahí parado. Frustrada, se tiró en la cama y se cubrió la cabeza con las sábanas.
Se obligó a no pensar en él.
Quería dormir; si dormía, dejaría de darle vueltas al asunto.
Las noches de invierno caían temprano.
Eran menos de las seis y ya había oscurecido. La cena de la familia Solís estaba casi lista. Don Ricardo y Doña Eliana salieron de su habitación, se sentaron en la sala y le pidieron a una empleada que llamara a Isabel.
La empleada dijo con cautela:
—Señor, señora, el señor Montero sigue afuera. Con esta nevada tan fuerte, aún se niega a irse.
La mirada de Doña Eliana se endureció.

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