A Fernando le daba la impresión de que todo entre él e Isabel se había desmoronado en un abrir y cerrar de ojos, perdiéndose en un abismo caótico que escapaba por completo a su control.
Se quitó lentamente la bufanda que llevaba al cuello. Todavía conservaba el perfume de Isabel. Se la llevó al pecho, apretándola contra su corazón, y cerró los ojos, derrotado.
Al salir de la habitación, Adriana se acercó corriendo hacia Isabel.
—¿Te dijo algo para hacerte enojar?
—No, ya está todo resuelto. Vámonos a casa.
—Qué alivio. Entonces ya no entraré a verlo. Hoy tengo guardia nocturna en el hospital, así que me iré a casa a dormir un rato.
Javier se ofreció de inmediato:
—Yo te llevo.
—No te preocupes, pedir un taxi es súper fácil. Mejor lleva a Isabel a casa, la necesita más que yo.
Adriana notó lo demacrada que lucía Isabel; su amiga estaba al borde del colapso y necesitaba descansar urgentemente.
Al llegar a la mansión de la familia Solís, a Isabel aún le temblaban las piernas. Subió directamente a su habitación y se dejó caer sobre la cama. Sentía que el cuerpo le pesaba toneladas y no le quedaba una sola gota de energía.
Las imágenes de Fernando, pálido y rígido sobre la nieve, se reproducían en su mente como una película de terror. En el instante en que lo vio, sintió que le arrebataban el aire de los pulmones. Si se mantuvo en pie, fue únicamente por la necesidad de asegurarse de que él no muriera.
Se odiaba a sí misma. Él le había destrozado el corazón, dejándolo lleno de cicatrices imborrables, y aun así, ella no soportaba la idea de verlo morir. Incluso en ese momento, envuelta en las sábanas de su cama segura, temblaba de pánico al pensar que podría haberlo perdido para siempre.
«Es un maldito manipulador», pensó con rabia. Y lo peor era que, a pesar de todo, aún tenía el poder de sacudirle el alma.
Las lágrimas de Isabel comenzaron a resbalar en silencio por sus mejillas. Lloró hasta que el agotamiento la venció y se quedó dormida. Quizás, solo en sueños, el corazón dejaría de dolerle tanto.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con Silvia sentada al borde de la cama, mirándola con una expresión cargada de angustia.
Isabel se incorporó de golpe.
—Mamá, ¿cuánto tiempo llevas aquí?
—Un buen rato. Incluso dormida, no dejabas de llorar.

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