A Fernando se le escapó la fuerza del cuerpo, como si se la hubieran drenado.
Todo el tiempo se había rehusado a creer que había embarazado a Camila; estaba dispuesto a exigir la punción y la prueba de ADN.
Al parecer, ya no iba a hacer falta.
Por primera vez en su vida, Fernando supo lo que era la verdadera desesperación.
Cuando existió el malentendido con Ángel, Isabel se enojó e incluso desconfió de él, pero eso no lo asustó, pues Ángel seguía siendo su hijo y el de Isabel; algún día ella entendería la verdad.
Pero si de verdad iba a tener un hijo con Camila...
Temía que Isabel jamás le volvería a creer.
Su relación con Isabel estaba perdida para siempre.
Fernando se quedó sentado, inmóvil, durante muchísimo tiempo. Al final, con manos temblorosas, buscó el número de Giselle y le llamó.
—Retira a toda la gente. Ya no la busquen.
Por mucho que la buscara, no lograría que regresara a su lado.
¿Con qué excusa la obligaría a quedarse atrapada con él?
—Señor Montero, ¿por fin lo entendió?
Giselle estaba muy sorprendida. Un día antes, él juraba que encontraría a Isabel a toda costa, y ahora se daba por vencido tan rápido.
¿Acaso era por el embarazo de Camila?
—Sí. Como ya estamos divorciados, debo dejarla ir y darle su libertad.
No la volvería a atormentar. Lo único que le deseaba era que viviera en paz el resto de sus días.
Tras colgar, Giselle pensó en lo afortunada que era Camila.
Había quedado embarazada en el momento perfecto. Tal vez su jefe terminaría casándose con ella.
Pero no importaba. El embarazo duraba muchísimos meses y nada garantizaba que el bebé de Camila naciera vivo.
Y, al fin y al cabo, Camila era mucho más fácil de manejar que Isabel.
Lo que Fernando sentía por Camila no se comparaba en nada a lo que sentía por Isabel.

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